#Cuba por su #Apóstol (+Video)

#MartiVive

Ofrendas florales a título del líder de la Revolución, General de Ejército Raúl Castro Ruz, y del Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, distinguieron el tributo al Héroe Nacional José Martí, este 19 de mayo ante su mausoleo, al cumplirse 127 años de su caída en combate

SANTIAGO DE CUBA.–En honor a la hondura hermosa de la obra  martiana y a la presencia vital que emana de su legado heroico, ofrendas florales a título del líder de la Revolución, General de Ejército Raúl Castro Ruz, y del Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, distinguieron el tributo al Héroe Nacional José Martí, este 19 de mayo ante su mausoleo, al cumplirse 127 años de su caída en combate.

Encabezada por el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, en la ceremonia fueron colocadas igualmente coronas de flores a nombre del presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Esteban Lazo Hernández, así como del pueblo de Cuba.

Seguido por los miembros del Comité Central y máximos dirigentes del Partido y del Gobierno en la provincia, José Ramón Monteagudo Ruiz y Beatriz Johnson Urrutia, el vice primer ministro y Héroe de la República de Cuba, Valdés Menéndez, dedicó rosas a Martí, en reverencia extensiva al Padre y a la Madre de la Patria, Céspedes y Mariana, y al mayor discípulo de Martí, Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

También en Jiguaní, Granma, niños y jóvenes de varias provincias rindieron tributo, en Dos Ríos, al Héroe Nacional, al pie del obelisco que señala el sitio exacto donde el Apóstol entregó su sangre por la libertad de Cuba.

La muerte en combate de #JoséMartí en el general español José Ximénez de Sandoval y Ballange.

El 10 de octubre de 1913 la Legación Cubana en Madrid ofreció una recepción diplomática en ocasión del 45 aniversario del inicio de las guerras por la independencia de Cuba. Asistieron a ella destacadas personalidades de la sociedad española; políticos, diplomáticos, artistas, intelectuales y militares.

Entre los invitados llamaba la atención la presencia de dos altos oficiales del Ejército Español, de meritorias hojas de servicios combatiendo contra los cubanos en las tres guerras emprendidas por estos en aras de su independencia: el teniente general José Ximénez de Sandoval y Ballange y el general de división Juan Manrique de Lara y Jiménez de Melgar.

Manrique había llegado a Cuba como sargento en febrero de 1869 y se mantuvo en combate, ininterrumpidamente, hasta terminada la Guerra Chiquita, alcanzando por méritos de guerra el grado de coronel. Tras breve estancia de un año en España, a donde marchó en 1882, regresó al siguiente a la Isla, donde le sorprendió la gesta del 95, que hizo completa, enfrentando en combate a los más destacados jefes mambises, entre ellos, el generalísimo Máximo Gómez y al Lugarteniente General Antonio Maceo. Finalizando la contienda, hizo fama su exitoso rechazo a un desembarco de tropas estadounidenses por Tunas de Zazas, al sur de la provincia de Las Villas.

Ximénez de Sandoval, era harto conocido de los cubanos, incluso, tenido como tal por muchos, dados sus largos años de residencia en Cuba, a donde llegó siendo un niño, acompañando a su padre, oficial del Ejército Español destacado en la provincia de Pinar del Río. La gente lo tomaba por cubano; hablaba con acento semejante al de los habitantes de la más occidental de las provincias de la Isla.

Recién graduado como alférez en la escuela de cadetes de La Habana, apenas comenzada la guerra de los Diez Años tomó parte en la llamada Creciente de Valmaseda y en los combates para la recuperación de Bayamo, en Jimaguayú donde cayera el mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, y en acciones de resultados adversos para España, dirigidas por el general Máximo Gómez en La Sacra, Naranjo, Mojacasabe y Las Guásimas. En este último resultó herido. Tras una breve estancia en España, regresó a la Isla donde permaneció combatiendo a las tropas orientales hasta el año 1879, cuando retornó a la península como teniente coronel.

Comenzada la gesta del 95, el ya coronel Ximénez de Sandoval, regresó a Cuba, nombrado jefe de una media brigada de la Segunda División, con sede en Santiago de Cuba, fuerza con la que combatió al general Antonio Maceo y al frente de la cual, aquel fatídico 19 de mayo de 1895, dirigiera el combate de Dos Ríos, en el que cayera, de cara al sol, como había vaticinado, el Apóstol de Cuba, José Martí.

Surge a partir de aquel instante, una compleja relación emocional de este militar español con la memoria del héroe cubano, a quien las circunstancias pusieron en su camino en el campo de batalla. Aquel hecho marcaría su vida y su carrera profesional. Del combate se escribirían diferentes versiones por los protagonistas, cubanos y españoles. Sin lugar a dudas, el hombre de Dos Ríos, José Martí, trascendía universalmente y su muerte lo inmortalizaba.

El 20 de mayo la columna de Ximénez de Sandoval dio sepultura en el poblado de Remanganaguas a Martí. Cumpliendo órdenes del Capitán General Arsenio Martínez de Campos y Antón, el 23, el cadáver fue exhumado y trasladado a Santiago de Cuba.

Martínez de Campos, ordenó que la caja en que “…se colocase el cadáver de Martí, fuese la más lujosa que se hallara.” Días después, al conocer que su hijo José había sido propuesto para ascenso y la Cruz pensionada de María Cristina por su participación en el combate de Dos Ríos, escribió al ministro de la Guerra, general Marcelo Azcárraga Palmero, solicitándole no diera curso a ambas propuestas.

De las pertenencias ocupadas por Ximénez de Sandoval a Martí, envió a Martínez de Campos el revólver del Apóstol y al ministro de la Guerra, general Azcárraga, el reloj que llevara en su chaqueta. El 24 de mayo, brindó su versión de los hechos a un corresponsal del diario habanero La Lucha, entrevista que íntegra, publicó el periódico en su edición de 25 de mayo de 1895:

“Con el objetivo de adquirir verdadera información respecto a los sucesos de “Dos Ríos”, fui a ver al coronel don José Ximénez de Sandoval, quien, a los breves instantes de haberle pasado mi tarjeta suplicándole una interview, me recibió con galantería, invitándome para que pasara a su despacho.

Ante todo – le dije después de los saludos de rúbrica – reciba V. mi felicitación por el telegrama de la Reina.

El señor Sandoval declinó toda la gloria en sus soldados.

– Se dice, mi Coronel, que V. es hijo de Pinar del Río, ¿es cierto?

– No, yo nací en Málaga como pudo ser en Constantinopla, porque mi difunto padre, militar como yo, se hallaba allí de guarnición cuando vine a la vida; y no es extraño crean que soy de Pinar del Río, porque siendo pequeño trasladó mi padre su residencia a esta Isla, siendo destinado a mandar el batallón que guarnecía entonces la capital de la Vuelta – Abajo, en la que hice algunos estudios hasta que ingresé en la Academia Militar de La Habana, de la que salí alférez el 68, al empezar la primera campaña, que en la isla terminé.

Mi larga permanencia en Cuba, mi constante trato y roce con sus habitantes, las gratas impresiones de la juventud que difícilmente se olvidan, y una serie de causas y circunstancias que no son del caso, me han hecho considerar siempre a estas españolas provincias, como si en ellas hubiera nacido, sin olvidar por eso que fue en la Península donde por primera vez vi la luz. Y no es extraño que esta creencia exista en Cuba, pues en la Península son muy contadas las personas que me conocen, que no afirmen que soy cubano.

– La Lucha, mi Coronel, que es como V. sabe, periódico de verdadera información, desea saber por conducto mío, cuál es su opinión concreta respecto al actual movimiento, para darla a conocer al público de la Isla, dada las circunstancias de haber sido V. el jefe de la columna que operó entre Bijas y Dos Ríos.

– Yo entiendo, – me explicó encendiendo un cigarrillo – que los actuales momentos, ocurrida la muerte del incansable agitador y propagandista revolucionario don José Martí, son para esa causa, críticos; pero su muerte no es la desaparición en el mundo de los vivos de un hombre cualquiera, sino del jefe más ilustrado, activo y que más simpatías contaba en los Estados Unidos, en el Centro y Sur América y aún en la opinión general de Cuba.

Creo que la cabeza que piensa y a su voluntad obedece el brazo que descarga el golpe, ha desaparecido, y que será muy difícil a los insurgentes en armas, y laborantes, sustituirle, pues por buenas condiciones que el sustituto tuviera, le faltarían aquellos prestigios que inspiraban la confianza en el buen éxito de esta guerra, que para mí no es otra cosa que una inoportuna y loca sublevación en la que pocos hombres pudientes y que tienen que perder han tomado parte, pues si algunos lo han hecho, a parte de las más o menos simpatías que le inspire la independencia de Cuba, es por tener sus fincas alejadas de todo centro de población y destacamentos de tropas que no pueden darles inmediata protección, y quedan a merced de un enemigo poco escrupuloso en el escogimiento de los medios para llegar al fin que se proponen.

– ¿Qué cree V. Coronel sobre la invasión al Camagüey?

– La invasión proyectada hace tiempo por Martí, Máximo Gómez, Massó y otros jefes insurrectos de Holguín, Tunas, Bayamo y Manzanillo – pues para ello no sería político que los mencionados Jefes hubieran contado con las fuerzas de color que hacen la guerra en las jurisdicciones de Cuba, Guantánamo y Baracoa – por ahora ha fracasado, si bien pudiera suceder que para demostrar una falsa vitalidad y robustez, de que carecen en su organización, intentaran algo en el sentido antes expresado, por lo que sería un fracaso para los enemigos, pues el sensato Camagüey y las ricas Villas, no están para aventuras y si para el disfrute del bienestar que a los pueblos la paz proporciona.

 ¿Respecto a la noticia de la muerte de Máximo Gómez, que fundamento tiene?

– No puedo asegurar, pues no acostumbro hacerlo nada más que de aquello que estoy evidentemente convencido, que la muerte de Máximo Gómez sea un hecho, por existir sobre este particular noticias contrarias. Pero si apunto la idea de que muy bien puede resultar cierta su muerte o heridas, recibidas en el combate de Dos Ríos; pues conocedor de esta clase de guerra, por haber hecho toda la anterior, y del sistema empleado casi siempre por Máximo Gómez, es sorprendente que después de terminada la acción con resultados prósperos para las armas españolas, que sobre el campo se apoderaron del cadáver de Martí, no fuera la columna, en su marcha a Remanganaguas para dar cristiana sepultura y trasmitir desde dicho poblado a Cuba la noticia de gran importancia política a mi modo de ver, sin sentir la detonación de un disparo del enemigo en la retaguardia, flancos y vanguardia, ni en el curso de su marcha hasta San Luis, es decir, en un recorrido de cerca de 20 leguas, lleno de admirables posiciones y sitios apropósitos para librar combate y tratar, primero, de arrebatar el cadáver de José Martí y después, para demostrar al mundo que pusieron de su parte cuando fue posible para vengar al que murió peleando con la bizarría de un denodado soldado y de un hombre más avezado a la luchas de la guerra que a las de la política, a los fogosos discursos de Club y a los trabajos de bufete.

Si Máximo Gómez, continuó el Coronel Sandoval, hubiera quedado en disponibilidad después de la acción, es indudable que así lo hubiera hecho, a no ser que existieran para él razones poderosas sobre las que no me es posible formar hipótesis, y que le determinaran a proceder como lo hizo en contradicción con sus costumbres, manera de combatir y estimar los hechos.

– Dada la muerte de D. José Martí, y de que sea un hecho la de Máximo Gómez ¿cree V. posible la autoridad de los titulados generales D. Antonio Maceo y D. Bartolomé Massó, para continuar el movimiento?

– De ningún modo. Massó no tiene renombre, según tengo entendido por referencias, pues no le conozco personalmente; es un señor que ocupaba buena posición en Manzanillo lleno de años y achaques, y que ligado por compromisos contraídos con harta ligereza para un hombre de su edad, se ha lanzado a la insurrección, halagado por ofertas de altos mandos en ella, con poca fé y constancia para persistir en la actitud en la que se ha colocado; y menos hoy en que faltando la cabeza, se hallará frente a frente de Maceo, a quien tampoco he tratado, pero que según dicen, es altivo, soberbio y poco dado a soportar tutelas, y menos aquellas que no le impone la opinión. Maceo pretenderá ser la cabeza del movimiento separatista, y para desempeñar en toda revolución cargo tan importante, no basta tener valor, que no se lo niego, y lo tiene grande, es preciso además poseer facultades intelectuales de que él carece, pues en el reparto hecho por Dios de la inteligencia, ha sido con él parco.

Por otra parte, las simpatías de este cabecilla, puede decirse se hallan limitadas a la jurisdicción de Cuba y con especialidad entre la gente de color, que creen a pies juntillos, que si la revolución triunfa la Isla de Cuba sería un nuevo Haití en la que la raza de color, se impondría a los blancos y al país.

– ¿Qué opina usted de la actitud de don José Miró?

– En primer lugar es para mí un sujeto censurable, porque si lamentable es que los hijos de esta hermosa provincia española empuñan las armas contra la madre patria, en un hombre que ha nacido en la Península es de todo punto condenable y no dejará nunca de ser un crimen de los más feos el contribuir con su actitud y las fuerzas de que disponga al derramamiento de sangre, de aquellos que bajo el mismo cielo nacieron, y hasta de los que como catalanes hablan el mismo dialecto que en los albores de su vida oyó de los labios que la que le dio el ser.

Según tengo entendido Miró es un revoltoso, figuró en las filas carlistas, después como entusiasta republicano, monárquico de la legitimidad cuando el inolvidable Rey Don Alfonso XII vino al trono, y por último, ha hecho causa común con los insurrectos, que en su interés debían de expulsarlo por denigrar la causa que defienden.

– ¿Cree usted que la revolución durará hasta Diciembre?

– Mi opinión es que hasta esa fecha puede muy bien durar, así como creo firmemente que si el Gobierno de S. M. hace un esfuerzo y en plazo brevísimo aumenta el contingente de tropas, hoy en campaña, puede terminarse antes. Si las tropas que el Gobierno envíe salen de la Península perfectamente organizadas, por batallones sueltos, con sus jefes y oficiales naturales; conociendo los jefes a sus subordinados y estos a los que los mandan, será más conveniente, pues las organizaciones en los puntos de desembarque con prisas y dificultades mil, no las estimo convenientes, porque para la guerra uno de los factores más importantes es la sólida y bien ordenada organización de las tropas que en ellas han de tomar parte, y que los soldados no sean solo llevados al combate por la imperiosa voz del que manda, sino que el prestigio de aquellos por el conocimiento anterior de sus buenas cualidades, induzca al soldado gustoso al cumplimiento de su deber.

Yo creo que teniendo en la Península 20 batallones de cazadores con oficialidad brillante y distinguida, podrían estas unidades orgánicas ser la base, con un prudencial aumento de tropas, de los que en lo sucesivo vinieran a compartir los peligros y penalidades de la guerra con los que ya en ella nos hallamos.

– ¿Es cierto, mi Coronel, que ha sido V. recompensado por el Gobierno por el brillante hecho de armas llevado a cabo en Dos Ríos?

– Ciertísimo. El General, Sr. Martínez Campos, me propuso por cablegrama para ser recompensado con la Cruz de María Cristina, y el gobierno ha contestado por el mismo medio, concediéndome la recompensa pedida, que con orgullo ostentaré en mi pecho, por creerme perfectamente premiado, en unión de tres placas y otras varias cruces, que por servicio de guerra prestados anteriormente me fueron concedidas.

– Me han dicho, Sr. Sandoval, que V. se apoderó de una carta que llevaba un espía insurrecto, en la que parece que se trataba de mi ¿es cierto mi Coronel?

– ¡Y tanto! Entre la correspondencia que llevaba el difunto Martí ocupé una carta de un jefe insurrecto, cuyo apellido no recuerdo en este momento, en la que se dirigía a otro de menor graduación, diciéndole que V. tenía que ir por donde ellos estaban, y que en su consecuencia reuniera el mayor número posible de hombres para que a la presencia de V. aparecieran muchos, y llevara la impresión de que contaban con muchos soldados. La carta que llevaba el prisionero que por la mañana aprehendió la vanguardia en el paso del Salado, era de Máximo Gómez, dirigida al dueño de un establecimiento de las Ventas de Casanovas, amenazándole a en ella de no guardarle consideración alguna y considerarlo sólo como cantinero de la tropa, si no disminuía los excesivos precios que, por los efectos que en su tienda iban a comprar, exigía a los pacíficos.

Y aquí dio fin la conferencia que tuve honor de celebrar con el Coronel Sr. Sandoval.”

Era aquella, con las inexactitudes y subjetividades hijas del momento histórico, el calor de los hechos y el acceso a información, la visión que entonces tenía de los hombres del Ejército Libertador, de Martí, Gómez, Maceo y de la guerra, el coronel Ximénez de Sandoval. La historia y los estudiosos de ella, pondrían a sus protagonistas y los acontecimientos, en su debido lugar. El propio Sandoval, mantuvo después de la guerra correspondencia con amigos y adversarios de aquellos tiempos, en aras de esclarecer los acontecimientos.

En la noche del 27 de mayo de 1895, se dio sepultara a José Martí en el cementerio de Santa Ifigenia. Sandoval, que era masón, de su peculio pagó el féretro y el nicho en que fueron depositados los restos del héroe cubano. A los presentes en la modesta ceremonia fúnebre, preguntó si alguien quería hacer uso de la palabra en honor al caído. Ante el silencio, despidió el duelo:

«Señores: Ante el cadáver del que fue en vida José Martí, y en la carencia absoluta de quien ante su cadáver pronuncie las frases que la costumbre ha hecho de rúbrica, suplico a ustedes no vean en el que a nuestra vista está, al enemigo, y sí al cadáver del hombre que las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles. Desde el momento que los espíritus abandonan las materias, el Todopoderoso, apoderándose de aquéllos, los acoge con generoso perdón allá en su seno; y nosotros al hacernos cargo de la materia abandonada cesa todo rencor como enemigo dando a su cadáver la cristiana sepultura que los muertos se merecen. He dicho.»

Algunos cubanos de entonces e historiadores contemporáneos, consideraron hipócritas las palabras de Sandoval. Su vida demostró que actuó con la dignidad de un caballero.

Condecorado por la Reina con la cruz de María Cristina de tercera clase, declinó, sin embargo, aceptar el marquesado de Dos Ríos porque, dijo, «lo de Dos Ríos no fue una victoria; allí murió el genio más grande que ha nacido en América».

En junio de 1911, desde Valencia, donde fungía como Capitán General de esa provincia española, escribió al periodista e historiador cubano Enrique Ubieta, de quien era amigo, aclarándole algunos detalles de la acción de Dos Ríos. En la carta, en la que se refería a Martí como “…verbo de la segunda guerra de independencia de ese hermoso país en el que pasé la juventud y de muy grata recordación para mí…” explicaba:

“La acción de Dos Ríos es un hecho de mi historia militar, en la que halló muerte gloriosa aquel genio dotado de hermosa elocuencia, tan hermosa como los sentimientos de su bien templada alma. Su arrojo y valentía, así como el entusiasmo por sus ideales, le colocó frente a mis soldados y más cerca de las bayonetas de lo que a su elevada jerarquía correspondiera; pues no debió nunca exponerse a perder la vida de aquel modo, por su representación en la causa cubana, por los que de él dependían y por su significación y alto puesto que ocupaba como primer magistrado de un pueblo que luchaba por su independencia.

Cuando en el campo de la acción vi en el suelo su cadáver en posición supina, sin sombrero, luciendo la ancha frente en cuyo seno tantas brillantes ideas bulleron, entreabiertos sus ojos azules con la expresión del que muere dulcemente por su patria —sentí pena profunda y mi pensamiento se elevó a Dios para pedirle fuera su alma por El acogida.— ¡Qué menos podía hacer por el que si en vida fue mi enemigo, ya muerto merecía todo mi respeto y consideración.

Mis soldados le dieron muerte gloriosa en noble combate y a su cadáver en mi poder se le rodeó de cuantas consideraciones merecen los muertos y en especial los que fueron en vida genios como José Martí.

Conducido por mí a Remanganaguas y llevado luego a Palma Soriano y Santiago de Cuba, en este último punto fui comisionado para darle sepultura y en tan severo acto, dejándome llevar de mis naturales impulsos y por tratarse de figura tan relevante, pronuncié a modo de oración fúnebre un pequeño discurso necrológico reflejo exacto de mi sentir, ya que fue improvisado y el cual tuvo la suerte de agradar lo mismo a españoles que a cubanos, siendo publicado por la prensa toda de la Isla y reproducido por la española y extranjera.

En el mismo sentido que escribo estas líneas, he hablado con el predilecto discípulo de Martí, don Gonzalo de Quesada y también en la correspondencia que con él he sostenido, me he expresado de igual modo.

No puedo ser sospechoso para el pueblo cubano; muchos amigos del alma tengo ahí y todos cuantos me han tratado y conocen mi modo de ser, han comprendido siempre que, si el destino me hizo jefe de la columna que a Martí dio muerte, la pérdida de su vida más que esperanza de medro personal, me produjo sentimiento noble y sincero y me hizo también conocer algunas flaquezas humanas.

No soy yo, sin embargo, el llamado a recordar en épicos cantos al pueblo cubano la nobleza y valía de aquel Apóstol de su causa; ilustres hombres de probada inteligencia tiene Cuba y ellos con mejores facultades pueden hacerlo y lo harán seguramente, para honrar, honrándose, la memoria de un mártir de su patria y para conocimiento y ejemplo de futuras generaciones.

Muchos años han transcurrido, las pasiones se han acabado, y no sería yo fiel a mi conciencia si tratara de desfigurar hechos que pasarán a la historia de una nación nueva, en los que debe resplandecer la verdad desnuda de toda pasión y engaño….”

En 1913, el ya teniente general del Ejército Español, se dirigió a la Legación de Cuba en Madrid para entregar a su ministro, Justo García Vélez, hijo del Lugarteniente General Calixto García Íñiguez, objetos y pertenencias de Martí, conservados por él desde el día del combate de Dos Ríos. Un acta de recepción del Archivo Nacional de Cuba recoge la entrega:

Objetos encontrados en el cadáver de Martí (5)
Objetos recogidos en Dos Ríos después del combate en que murió Martí (4)
Otros objetos de las guerras de independencia (8)
Documentos capturados a insurrectos entre 1895-1896 (35)
Periódicos y revistas de la insurrección cubana (20)

De Martí entregó:
1.- Un corta plumas de dos hojas y cabo de hueso manchado de sangre.
2.- Un par de espejuelos de acero con sus correas.
3.- Un cuaderno pequeño manuscrito con tapas de cartón, con las instrucciones para los Consejos de Guerra en el campo revolucionario, precedido de una pequeña historia de la Administración de Justicia. Este cuaderno, según referencia del general Ximénez de Sandoval, fue escrito por Carlos Manuel de Céspedes.
4.- Una cinta de seda azul acompañada de un papel escrito con lápiz, que dice como sigue: “Martí, no tengo un recuerdo que darte, así quito la cinta de mi cabello que tiene todo el fuego de tantos pensamientos y un color de nuestra bandera y eso solo te llevarás de tu hermana, Clemencia Gómez”.
5.- Una escarapela cubana bordada con cuentecitas blancas y azules, perteneciente a Carlos Manuel de Céspedes.
Con estos objetos figura un recorte de periódico de 1895, en que se hace referencia a ello, recogido en el cadáver de Martí, por el entonces coronel Ximénez de Sandoval.”

La historia está llena de coincidencias. El general andaluz nacido en Málaga el 22 de julio de 1849, falleció en Madrid, el 24 de febrero de 1921, fecha histórica, en la que los cubanos festejaban el inicio de la guerra de Martí, como la sentenciara el Generalísimo Máximo Gómez.

Pensar a #Martí, a 127 años de su caída en combate

Cada nuevo aniversario de la caída en combate de José Martí conduce a los seguidores de su obra y ejemplo a repasar su legado, que es el modo mejor de rendirle homenaje. Con él se cumple soberanamente  lo que dijera respecto a los ocho estudiantes de Medicina, en su discurso conocido como “Los pinos nuevos”, pronunciado en el Liceo Cubano, de Tampa, el 27 de noviembre de 1891: “Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida.” Y más adelante en este propio texto: “[…] la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!”[1]

Independientemente de lo dolorosa y costosa que fue para la independencia de Cuba la caída en combate de Martí, ese aciago 19 de mayo de 1895, su manera de entender la muerte y el valor del patriotismo y el sacrificio, nos debe servir como estímulo para releer su obra a la luz del presente, y asumir con optimismo y entereza las enseñanzas presentes en ella.

José Martí es, tal vez, el único líder revolucionario que se enfrentó, simultáneamente a dos grandes potencias en pugna, en aras de la independencia de su patria. De un lado, el decadente colonialismo español, en el ocaso de su dominio continental, que mantenía a Cuba como su último reducto en el área; de otro, los Estados Unidos, entonces ya en tránsito a su fase imperialista. Debido a esa circunstancia especial, el cubano dejó múltiples consideraciones en textos muy diversos. También ideó y puso en práctica estrategias muy personales en el trabajo de aunar voluntades y preparar conciencias en pro de la independencia de Cuba y la salvaguarda de la Patria grande, de manera que con ello contribuía al equilibrio del mundo. Esos escritos y métodos, si bien responden a un momento específico, los finales del siglo XIX, contienen enseñanzas  valederas para el presente y el futuro de la región, pues la voracidad de las grandes potencias, prestas a enfrentarse entre sí, o a  abalanzarse sobre los pueblos menos desarrollados, sigue siendo  un hecho real, tangible, en nuestros días.

Dentro de su estrategia liberadora, el periódico Patria ocupa un lugar destacado, tanto por su calidad de arma política como por su originalidad literaria y comunicativa. Nacido “para juntar y amar y para vivir en la pasión de la verdad” [2], la prioridad indiscutible de esta publicación era la preparación de las fuerzas que participarían en la guerra que se avecinaba, y ello demandaba forjar la unidad, informar detalladamente, educar, fortalecer el patriotismo, tanto desde el punto de vista simbólico como estimulando el amor a  las glorias pasadas y apoyándose en la nostalgia  de la tierra natal, llena de ternura y remembranzas. Es una labor  ineludible que Martí, en tanto alma de la publicación, y redactor él mismo de la mayor parte de los textos, asume con entera responsabilidad y como un deber gustoso y sagrado:

Es criminal quien ve ir al país a un conflicto que la provocación fomenta y la desesperación favorece, y no prepara, o ayuda a preparar, el país para el conflicto. Y el crimen es mayor cuando se conoce, por la experiencia previa, que el desorden de la preparación puede acarrear la derrota del patriotismo más glorioso, o poner en la patria triunfante los gérmenes de su disolución definitiva. El que no ayuda hoy a preparar la guerra, ayuda ya a disolver el país. La simple creencia en la probabilidad de la guerra es ya una obligación, en quien se tenga por honrado y juicioso, de coadyuvar a que se purifique, o impedir que se malee, la guerra probable. Los fuertes, prevén; los hombres de segunda mano esperan la tormenta con los brazos en cruz.[3]

Cuando se mira de conjunto en el periódico Patria, se advierten de inmediato líneas temáticas que responden a esos objetivos de preparación. Pensemos, si no, en la publicación de los símbolos patrios, el Himno de Bayamo en primerísimo lugar, y su reconocimiento como Himno  nacional cubano. Recordar a los héroes de la Guerra de los Diez Años, en toda su  grandeza, fue otra de las maneras de robustecer el temple y elevar el entusiasmo. Publicar el prólogo del libro  Los poetas de la guerra,[4]  e insistir en que los poemas más valiosos no son los recogidos en ese volumen, sino los que escribieron con su actuación en el campo de batalla, enaltece las memorias de la contienda, insiste no en el aspecto doloroso, de pérdida y muerte que también tuvo, sino en el lado virtuoso, ejemplar, que debe ser recordado como una de las páginas más gloriosas de la historia nacional.  Ello está dirigido  a alentar en los lectores y cimentar en el imaginario colectivo, la voluntad de seguir el ejemplo  de  los predecesores, e imitarlos con valentía y honor en la guerra que se preparaba.

Cabe preguntarse también por qué habla Martí, como de un riesgo cierto e inminente, de la posible disolución del país, si no tenían lugar la guerra y su preparación concienzuda en aquellos momentos. La respuesta es simple: persistía, y era cada vez mayor, la amenaza imperialista, y las fuerzas anexionistas y autonomistas no cejaban en el empeño de obstaculizar el camino a la independencia, que era, en definitiva, el camino a la consolidación de la Nación y a la puesta en práctica de la república futura. Una vía que iba, simultáneamente, en dos direcciones, pues como había comprendido desde la década del ochenta, y había declarado explícitamente en una de sus crónicas sobre la Conferencia  Panamericana: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. “[5]

Para Cuba, en cambio, ese llamado significaba independizarse de España, y prever todo lo que fuese necesario, para no caer bajo la égida estadounidense finalizada la guerra. Los esfuerzos de Martí se encaminaron, como es conocido, a lograr ese objetivo, pero su trágica muerte, poco después de incorporarse al campo insurrecto, y muchas otras condicionantes que no es del caso mencionar ahora, dieron al traste con ese empeño. No obstante, ahí está su obra escrita al respecto, que merece ser atendida a la luz de nuestros días.

Cada cubano tiene claro, desde que estudia en la enseñanza primaria,  el contenido antiimperialista de la obra de José Martí.  “La verdad sobre los Estados Unidos,” uno de los textos cenitales  para comprender en profundidad el alcance de su prédica,  resulta menos conocido. Ello se debe a que aparece publicado en Patria el 23 de marzo de 1894, pero no volverá a reeditarse hasta su inclusión en el tomo 28 de sus Obras completas, salido a la luz en 1973.

Con este artículo culmina y sintetiza  Martí inquietudes de muy larga data. Sus antecedentes más antiguos en la producción del cubano están presentes en aquel apunte de juventud, donde expresa con claridad meridiana y profundidad de juicio que no se corresponden con sus dieciocho años, su visión personal del poderoso vecino, al que aún no conocía directamente, y el cual concluye de manera lapidaria: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa! “[6]

Cuando comienza su labor sostenida de alerta a nuestra América, ya desde las primeras crónicas para la prensa hispanoamericana, continuará insistiendo en los peligros presentes en la vecindad con el país del Norte, pero sobre todo, el riesgo está, a su juicio, más que en la cercanía geográfica, en la admiración desmedida hacia un país que dista mucho de ser perfecto.

Luego de más de una década de aviso sistemático y prudente, con el ánimo de poner en guardia a los países de nuestra América, es evidente que a la altura de 1894 creyó llegado el momento de una declaración más explícita, como la que contiene “La verdad sobre los Estados Unidos.” Estaba entonces inmerso en la preparación de la guerra independentista, y la publicación de este texto es una prueba palmaria de sus recelos y angustias en torno a la posible intervención de los Estados Unidos en el conflicto, y la subsiguiente sumisión de Cuba a los designios de un nuevo imperio, como realmente ocurrió. Por ello decide poner en claro sus criterios, pues a los pueblos hay que decirles la verdad para que se movilicen a rechazar las probables agresiones. Era este, según declaración del autor, el artículo inaugural de una sección en Patria que se llamaría “Apuntes sobre los Estados Unidos”. Una decisión editorial de esta naturaleza refuerza la importancia que tal asunto tenía dentro de su proyecto liberador, y merece la pena hacer un alto en ella, siquiera someramente, para luego continuar con el análisis del artículo.

La sección “Apuntes sobre los Estados Unidos” apareció por primera vez en el no. 105, del 31 de marzo de 1894. En ella se publican traducciones de noticias procedentes de la prensa estadounidense, sobre todo de diarios prestigiosos, como The Sun y The New York Herald, en las que se habla de hechos violentos en diversos estados de la Unión.  Se destacan un secuestro y un motín en medio de elecciones para instancias territoriales de gobierno; muertos en una pelea entre dos facciones de republicanos, que concluyó a tiros,   en un distrito electoral;  disturbios callejeros; el asalto al ayuntamiento en la ciudad de Denver, Colorado, por el ejército, entre otras nuevas sorprendentes.  Sobresale en este número el linchamiento de un joven negro, acusado de asesinato, que esperaba el juicio en una cárcel de Pennsylvania. Se publica además el grabado, en cuyo pie reza, para mayor horror,  que un niño preparó la horca.

El rastreo y  caracterización de cada una de las secciones que se publicó  bajo este título, y el análisis subsiguiente de las traducciones, para determinar la autoría martiana,  ameritarían  un estudio detallado, que no es el momento de acometer. Solo deseo llamar la atención sobre este hecho, para proseguir con la valoración del artículo, pues  en él Martí se planteó responder con precisión y certeza a cada acusación que se nos echara en cara a los latinoamericanos, hallando su equivalente justo en los Estados Unidos.

Estamos en presencia de un artículo conciso, aunque no esté ajeno al poderoso estro poético del Apóstol. Desde las líneas iniciales el lector habituado a lidiar con la prosa martiana y sus hechizos, advierte el intercambio dialógico con antecesores textuales  de mayor alcance temático y expresivo, como el ensayo “Nuestra América” (1891), y el discurso pronunciado el 19 de diciembre de 1889, en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana ofreciera a los delegados latinoamericanos  al Congreso de Washington, y al que se le ha denominado “Madre América”. Es útil comentar el inicio:

«Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad sobre los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas,  o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima o historia en que viva.»[7]

El extenso párrafo que sigue a estas líneas se asienta en el análisis histórico   paralelo de las dos Américas, tal y como hizo en el discurso aludido, e insiste en el mismo problema de lo insostenible de una visión fatalista, asentada en la falsedad de las razas “superiores” o “inferiores”, tal y como ocurre en el ensayo del 91. Ello da fe, una vez más, de la coherencia intrínseca de la obra y el pensamiento martianos, pues cada aserto suyo, aunque se modifique, perfeccione o sintetice, en virtud del momento en que haya sido pronunciado o escrito, y conforme a la naturaleza dialéctica de su intelecto, es siempre el mismo: en Martí varían las formas, nunca la esencia.

Al cubano le alarma la visión idílica que se tiene de los Estados Unidos al sur del río Bravo y  sobre todo entre los cubanos, que a la altura de ese año están cada vez más empeñados en conseguir a toda costa la soberanía de la Isla. Entre las muchas verdades que hay que decir, conocer y difundir, está el hecho de lo muy diversa y fracturada que es internamente la nación del Norte, de lo cual hubo una tremenda prueba en su Guerra de Secesión pocas décadas antes. Por eso escribe, aún dentro del muy extenso primer párrafo:

Es de supina ignorancia y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados   Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión, o una superchería.[8]

Seguidamente se extiende en describir las distancias que median,  en lo concerniente al modo de vida,  entre las comarcas remotas, que recién se incorporaban a la Unión en esa época, y las grandes ciudades, de deslumbrante prosperidad. Como para que contraste mejor con esta última, borda con tintes expresionistas las zonas menos favorecidas, como esa “[…] tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises, del Sur.”[9]

El deber del hombre honrado -léase el que escribe este artículo-, es advertir y divulgar que “[…] no han podido fundirse, en tres siglos de vida en común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos […],”sino que además, “[…]la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado áspero, de violenta conquista.”[10]

Junto a estos problemas y derivados de ellos, ocurren otros, de talla mayor, y que debieran interesar a los cubanos y latinoamericanos de entonces – y de ahora. Las causas de la unión tienden a debilitarse, los odios afloran, la democracia se corrompe, la miseria se extiende, y es más intolerable por lo injusta  cuando se la ve alternar con la opulencia. Y como cierre de este inmenso primer párrafo, por el contenido y por la extensión, acude a  la misma línea con que lo inició: “Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad sobre los Estados Unidos.” Una prueba de que quería reforzar al máximo este mensaje, pues es sabido que la última frase siempre es la más recordada cuando se procesa un texto escrito o se escucha oralmente determinado discurso.

Tal era su intención de enfatizar estas verdades tremendas sobre el coloso vecino, y su voluntad de responder con moderación y argumentos firmes cada una de las acusaciones respecto a la supuesta inferioridad y vicios de nuestros pueblos, que en la sección “Apuntes sobre los Estados Unidos”, del número 107, del 10 de abril de 1894, cita como exergo un extenso fragmento de este artículo. El mismo comienza así: “En una sola guerra, en la de Secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio de la república que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, […] más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas de América […]”[11] luego de haberse independizado de España.  Se  extiende en las líneas sucesivas hasta el momento en que dentro de ese mismo párrafo se habla de los propósitos editoriales de “Apuntes…” Seguidamente  se publica, entre otros textos,  la traducción de una reseña del libro de Theodore Roosevelt “Historia de la  ciudad de New York,” y se comenta el índice del mismo, alusivo al comportamiento egoísta, antipatriótico y violento de la ciudad, sus habitantes e instituciones durante la Guerra Civil, dejando al desnudo con los hechos que se describen las verdaderas causas del conflicto, y no la mirada romántica que predominó sobre él en aquella época.

Martí puede dar fe de ello, pues ni siquiera él, con su especial sagacidad política, escapó a la perspectiva  idílica, sobre todo en la década anterior. Entendió  entonces a la Guerra Civil estadounidense  como el sacrificio desinteresado de toda  una nación en aras de abolir la esclavitud, tal y como lo expresa en “El general Grant” (1885), y otros textos de esa etapa. En la ejemplar semblanza del militar dice: “Bien está que medio millón de seres humanos muera para mantener seguro a los hombres su único hogar libre sobre el Universo.”[12] Un año antes la había definido como  “[…] la guerra poémica de Norteamérica.”[13]

Con su artículo “La verdad sobre los Estados Unidos”, publicado en Patria, un periódico en que no debía eludir censura alguna, porque era el suyo, deja aún más clara su posición antiimperialista, pues la realidad de aquella sociedad está expuesta en todos sus matices, de manera que sirva de antídoto al deslumbramiento ante el poderío del vecino voraz y amenazante.  Su comprensión de la naturaleza agresiva, y mercantilista  de ese país se ha hecho más radical y por tanto es capaz de ahondar en las verdaderas causas socioeconómicas de sus contradicciones internas y de su relación con el resto del mundo, especialmente con Nuestra América.  El contenido y propósitos editoriales de este texto paradigmático son una lección permanente de política previsora y responsabilidad ciudadana.

Pensar a #Martí, a 127 años de su caída en combate

Cubadebate

Cada nuevo aniversario de la caída en combate de José Martí conduce a los seguidores de su obra y ejemplo a repasar su legado, que es el modo mejor de rendirle homenaje. Con él se cumple soberanamente  lo que dijera respecto a los ocho estudiantes de Medicina, en su discurso conocido como “Los pinos nuevos”, pronunciado en el Liceo Cubano, de Tampa, el 27 de noviembre de 1891: “Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida.” Y más adelante en este propio texto: “[…] la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!”[1]

Independientemente de lo dolorosa y costosa que fue para la independencia de Cuba la caída en combate de Martí, ese aciago 19 de mayo de 1895, su manera de entender la muerte y el valor del patriotismo y el sacrificio, nos debe servir como estímulo para releer su obra a la luz del presente, y asumir con optimismo y entereza las enseñanzas presentes en ella.

José Martí es, tal vez, el único líder revolucionario que se enfrentó, simultáneamente a dos grandes potencias en pugna, en aras de la independencia de su patria. De un lado, el decadente colonialismo español, en el ocaso de su dominio continental, que mantenía a Cuba como su último reducto en el área; de otro, los Estados Unidos, entonces ya en tránsito a su fase imperialista. Debido a esa circunstancia especial, el cubano dejó múltiples consideraciones en textos muy diversos. También ideó y puso en práctica estrategias muy personales en el trabajo de aunar voluntades y preparar conciencias en pro de la independencia de Cuba y la salvaguarda de la Patria grande, de manera que con ello contribuía al equilibrio del mundo. Esos escritos y métodos, si bien responden a un momento específico, los finales del siglo XIX, contienen enseñanzas  valederas para el presente y el futuro de la región, pues la voracidad de las grandes potencias, prestas a enfrentarse entre sí, o a  abalanzarse sobre los pueblos menos desarrollados, sigue siendo  un hecho real, tangible, en nuestros días.

Dentro de su estrategia liberadora, el periódico Patria ocupa un lugar destacado, tanto por su calidad de arma política como por su originalidad literaria y comunicativa. Nacido “para juntar y amar y para vivir en la pasión de la verdad” [2], la prioridad indiscutible de esta publicación era la preparación de las fuerzas que participarían en la guerra que se avecinaba, y ello demandaba forjar la unidad, informar detalladamente, educar, fortalecer el patriotismo, tanto desde el punto de vista simbólico como estimulando el amor a  las glorias pasadas y apoyándose en la nostalgia  de la tierra natal, llena de ternura y remembranzas. Es una labor  ineludible que Martí, en tanto alma de la publicación, y redactor él mismo de la mayor parte de los textos, asume con entera responsabilidad y como un deber gustoso y sagrado:

Es criminal quien ve ir al país a un conflicto que la provocación fomenta y la desesperación favorece, y no prepara, o ayuda a preparar, el país para el conflicto. Y el crimen es mayor cuando se conoce, por la experiencia previa, que el desorden de la preparación puede acarrear la derrota del patriotismo más glorioso, o poner en la patria triunfante los gérmenes de su disolución definitiva. El que no ayuda hoy a preparar la guerra, ayuda ya a disolver el país. La simple creencia en la probabilidad de la guerra es ya una obligación, en quien se tenga por honrado y juicioso, de coadyuvar a que se purifique, o impedir que se malee, la guerra probable. Los fuertes, prevén; los hombres de segunda mano esperan la tormenta con los brazos en cruz.[3]

Cuando se mira de conjunto en el periódico Patria, se advierten de inmediato líneas temáticas que responden a esos objetivos de preparación. Pensemos, si no, en la publicación de los símbolos patrios, el Himno de Bayamo en primerísimo lugar, y su reconocimiento como Himno  nacional cubano. Recordar a los héroes de la Guerra de los Diez Años, en toda su  grandeza, fue otra de las maneras de robustecer el temple y elevar el entusiasmo. Publicar el prólogo del libro  Los poetas de la guerra,[4]  e insistir en que los poemas más valiosos no son los recogidos en ese volumen, sino los que escribieron con su actuación en el campo de batalla, enaltece las memorias de la contienda, insiste no en el aspecto doloroso, de pérdida y muerte que también tuvo, sino en el lado virtuoso, ejemplar, que debe ser recordado como una de las páginas más gloriosas de la historia nacional.  Ello está dirigido  a alentar en los lectores y cimentar en el imaginario colectivo, la voluntad de seguir el ejemplo  de  los predecesores, e imitarlos con valentía y honor en la guerra que se preparaba.

Cabe preguntarse también por qué habla Martí, como de un riesgo cierto e inminente, de la posible disolución del país, si no tenían lugar la guerra y su preparación concienzuda en aquellos momentos. La respuesta es simple: persistía, y era cada vez mayor, la amenaza imperialista, y las fuerzas anexionistas y autonomistas no cejaban en el empeño de obstaculizar el camino a la independencia, que era, en definitiva, el camino a la consolidación de la Nación y a la puesta en práctica de la república futura. Una vía que iba, simultáneamente, en dos direcciones, pues como había comprendido desde la década del ochenta, y había declarado explícitamente en una de sus crónicas sobre la Conferencia  Panamericana: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. “[5]

Para Cuba, en cambio, ese llamado significaba independizarse de España, y prever todo lo que fuese necesario, para no caer bajo la égida estadounidense finalizada la guerra. Los esfuerzos de Martí se encaminaron, como es conocido, a lograr ese objetivo, pero su trágica muerte, poco después de incorporarse al campo insurrecto, y muchas otras condicionantes que no es del caso mencionar ahora, dieron al traste con ese empeño. No obstante, ahí está su obra escrita al respecto, que merece ser atendida a la luz de nuestros días.

Cada cubano tiene claro, desde que estudia en la enseñanza primaria,  el contenido antiimperialista de la obra de José Martí.  “La verdad sobre los Estados Unidos,” uno de los textos cenitales  para comprender en profundidad el alcance de su prédica,  resulta menos conocido. Ello se debe a que aparece publicado en Patria el 23 de marzo de 1894, pero no volverá a reeditarse hasta su inclusión en el tomo 28 de sus Obras completas, salido a la luz en 1973.

Con este artículo culmina y sintetiza  Martí inquietudes de muy larga data. Sus antecedentes más antiguos en la producción del cubano están presentes en aquel apunte de juventud, donde expresa con claridad meridiana y profundidad de juicio que no se corresponden con sus dieciocho años, su visión personal del poderoso vecino, al que aún no conocía directamente, y el cual concluye de manera lapidaria: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa! “[6]

Cuando comienza su labor sostenida de alerta a nuestra América, ya desde las primeras crónicas para la prensa hispanoamericana, continuará insistiendo en los peligros presentes en la vecindad con el país del Norte, pero sobre todo, el riesgo está, a su juicio, más que en la cercanía geográfica, en la admiración desmedida hacia un país que dista mucho de ser perfecto.

Luego de más de una década de aviso sistemático y prudente, con el ánimo de poner en guardia a los países de nuestra América, es evidente que a la altura de 1894 creyó llegado el momento de una declaración más explícita, como la que contiene “La verdad sobre los Estados Unidos.” Estaba entonces inmerso en la preparación de la guerra independentista, y la publicación de este texto es una prueba palmaria de sus recelos y angustias en torno a la posible intervención de los Estados Unidos en el conflicto, y la subsiguiente sumisión de Cuba a los designios de un nuevo imperio, como realmente ocurrió. Por ello decide poner en claro sus criterios, pues a los pueblos hay que decirles la verdad para que se movilicen a rechazar las probables agresiones. Era este, según declaración del autor, el artículo inaugural de una sección en Patria que se llamaría “Apuntes sobre los Estados Unidos”. Una decisión editorial de esta naturaleza refuerza la importancia que tal asunto tenía dentro de su proyecto liberador, y merece la pena hacer un alto en ella, siquiera someramente, para luego continuar con el análisis del artículo.

La sección “Apuntes sobre los Estados Unidos” apareció por primera vez en el no. 105, del 31 de marzo de 1894. En ella se publican traducciones de noticias procedentes de la prensa estadounidense, sobre todo de diarios prestigiosos, como The Sun y The New York Herald, en las que se habla de hechos violentos en diversos estados de la Unión.  Se destacan un secuestro y un motín en medio de elecciones para instancias territoriales de gobierno; muertos en una pelea entre dos facciones de republicanos, que concluyó a tiros,   en un distrito electoral;  disturbios callejeros; el asalto al ayuntamiento en la ciudad de Denver, Colorado, por el ejército, entre otras nuevas sorprendentes.  Sobresale en este número el linchamiento de un joven negro, acusado de asesinato, que esperaba el juicio en una cárcel de Pennsylvania. Se publica además el grabado, en cuyo pie reza, para mayor horror,  que un niño preparó la horca.

El rastreo y  caracterización de cada una de las secciones que se publicó  bajo este título, y el análisis subsiguiente de las traducciones, para determinar la autoría martiana,  ameritarían  un estudio detallado, que no es el momento de acometer. Solo deseo llamar la atención sobre este hecho, para proseguir con la valoración del artículo, pues  en él Martí se planteó responder con precisión y certeza a cada acusación que se nos echara en cara a los latinoamericanos, hallando su equivalente justo en los Estados Unidos.

Estamos en presencia de un artículo conciso, aunque no esté ajeno al poderoso estro poético del Apóstol. Desde las líneas iniciales el lector habituado a lidiar con la prosa martiana y sus hechizos, advierte el intercambio dialógico con antecesores textuales  de mayor alcance temático y expresivo, como el ensayo “Nuestra América” (1891), y el discurso pronunciado el 19 de diciembre de 1889, en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana ofreciera a los delegados latinoamericanos  al Congreso de Washington, y al que se le ha denominado “Madre América”. Es útil comentar el inicio:

«Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad sobre los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas,  o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima o historia en que viva.»[7]

El extenso párrafo que sigue a estas líneas se asienta en el análisis histórico   paralelo de las dos Américas, tal y como hizo en el discurso aludido, e insiste en el mismo problema de lo insostenible de una visión fatalista, asentada en la falsedad de las razas “superiores” o “inferiores”, tal y como ocurre en el ensayo del 91. Ello da fe, una vez más, de la coherencia intrínseca de la obra y el pensamiento martianos, pues cada aserto suyo, aunque se modifique, perfeccione o sintetice, en virtud del momento en que haya sido pronunciado o escrito, y conforme a la naturaleza dialéctica de su intelecto, es siempre el mismo: en Martí varían las formas, nunca la esencia.

Al cubano le alarma la visión idílica que se tiene de los Estados Unidos al sur del río Bravo y  sobre todo entre los cubanos, que a la altura de ese año están cada vez más empeñados en conseguir a toda costa la soberanía de la Isla. Entre las muchas verdades que hay que decir, conocer y difundir, está el hecho de lo muy diversa y fracturada que es internamente la nación del Norte, de lo cual hubo una tremenda prueba en su Guerra de Secesión pocas décadas antes. Por eso escribe, aún dentro del muy extenso primer párrafo:

Es de supina ignorancia y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados   Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión, o una superchería.[8]

Seguidamente se extiende en describir las distancias que median,  en lo concerniente al modo de vida,  entre las comarcas remotas, que recién se incorporaban a la Unión en esa época, y las grandes ciudades, de deslumbrante prosperidad. Como para que contraste mejor con esta última, borda con tintes expresionistas las zonas menos favorecidas, como esa “[…] tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises, del Sur.”[9]

El deber del hombre honrado -léase el que escribe este artículo-, es advertir y divulgar que “[…] no han podido fundirse, en tres siglos de vida en común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos […],”sino que además, “[…]la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado áspero, de violenta conquista.”[10]

Junto a estos problemas y derivados de ellos, ocurren otros, de talla mayor, y que debieran interesar a los cubanos y latinoamericanos de entonces – y de ahora. Las causas de la unión tienden a debilitarse, los odios afloran, la democracia se corrompe, la miseria se extiende, y es más intolerable por lo injusta  cuando se la ve alternar con la opulencia. Y como cierre de este inmenso primer párrafo, por el contenido y por la extensión, acude a  la misma línea con que lo inició: “Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad sobre los Estados Unidos.” Una prueba de que quería reforzar al máximo este mensaje, pues es sabido que la última frase siempre es la más recordada cuando se procesa un texto escrito o se escucha oralmente determinado discurso.

Tal era su intención de enfatizar estas verdades tremendas sobre el coloso vecino, y su voluntad de responder con moderación y argumentos firmes cada una de las acusaciones respecto a la supuesta inferioridad y vicios de nuestros pueblos, que en la sección “Apuntes sobre los Estados Unidos”, del número 107, del 10 de abril de 1894, cita como exergo un extenso fragmento de este artículo. El mismo comienza así: “En una sola guerra, en la de Secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio de la república que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, […] más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas de América […]”[11] luego de haberse independizado de España.  Se  extiende en las líneas sucesivas hasta el momento en que dentro de ese mismo párrafo se habla de los propósitos editoriales de “Apuntes…” Seguidamente  se publica, entre otros textos,  la traducción de una reseña del libro de Theodore Roosevelt “Historia de la  ciudad de New York,” y se comenta el índice del mismo, alusivo al comportamiento egoísta, antipatriótico y violento de la ciudad, sus habitantes e instituciones durante la Guerra Civil, dejando al desnudo con los hechos que se describen las verdaderas causas del conflicto, y no la mirada romántica que predominó sobre él en aquella época.

Martí puede dar fe de ello, pues ni siquiera él, con su especial sagacidad política, escapó a la perspectiva  idílica, sobre todo en la década anterior. Entendió  entonces a la Guerra Civil estadounidense  como el sacrificio desinteresado de toda  una nación en aras de abolir la esclavitud, tal y como lo expresa en “El general Grant” (1885), y otros textos de esa etapa. En la ejemplar semblanza del militar dice: “Bien está que medio millón de seres humanos muera para mantener seguro a los hombres su único hogar libre sobre el Universo.”[12] Un año antes la había definido como  “[…] la guerra poémica de Norteamérica.”[13]

Con su artículo “La verdad sobre los Estados Unidos”, publicado en Patria, un periódico en que no debía eludir censura alguna, porque era el suyo, deja aún más clara su posición antiimperialista, pues la realidad de aquella sociedad está expuesta en todos sus matices, de manera que sirva de antídoto al deslumbramiento ante el poderío del vecino voraz y amenazante.  Su comprensión de la naturaleza agresiva, y mercantilista  de ese país se ha hecho más radical y por tanto es capaz de ahondar en las verdaderas causas socioeconómicas de sus contradicciones internas y de su relación con el resto del mundo, especialmente con Nuestra América.  El contenido y propósitos editoriales de este texto paradigmático son una lección permanente de política previsora y responsabilidad ciudadana.

[1] JM: OC, t. . 4, pp. 283-284.

[2] JM: “Nuestras ideas”, Patria, Nueva York, 14 de marzo de 1892. OC, t. 1, p. 315.

[3] Ibidem, p. 315-316. Cursivas de la autora.

[4] Publicado en Patria, Nueva York, 1893. OC, t. 5, pp. 229-235.

[5] JM: “Congreso Internacional de Washington, su historia, sus elementos y sus tendencias.”, OC, t. 6, p. 46.

[6] José Martí. “Cuaderno de apuntes no. 1”. OC, t. 21, p. 15-16.

[7] José Martí. “La verdad sobre los Estados Unidos.” En: José Martí En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Edición Crítica. Coordinación de Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez. Colección Archivos- Casa de las Américas, 2003, p.1753.

[8] Ibídem, p. 1754.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11]  José Martí. “La verdad sobre los Estados Unidos.” En: José Martí En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Edición Crítica. Coordinación de Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez. Colección Archivos- Casa de las Américas, 2003, pp. 1755-1756.

[12] JM: “El general Grant”, OCEC, t. 22, p. 167.

[13] OCEC, t. 19, p. 24.

Vivir de cara al sol

Martí, que vivió para entregarse, es monte y es suma. El hijo apasionado, el hermano cálido, el padre amantísimo, el amigo cabal, el revolucionario, el periodista, el diplomático, el orador, el narrador y el poeta, el antimperialista, el enamorado, el patriota, el soldado que cayera luchando por la libertad de Cuba, hace 127 años en Dos Ríos, no murió aquel día que como tal recoge la historia entre sus fechas

Madeleine Sautié

Granma

En lugar de aquel verso profético, pudo haber escrito «viviré de cara al sol», y se habría cumplido igual el vaticinio. Acaso con fuerza mayor, porque aquel 19 de mayo, en el que todo hombre de bien guarda el recuerdo nefasto de la muerte de Martí, el Apóstol de la independencia de Cuba se elevaba a una dimensión impalpable, hasta donde no pueden llegar esos poderes definitivos.

El primero en hacer lo que su verbo prescribió fue leal a lo sagrado; por ser bueno, fue dichoso. Con la agudeza de su pluma, escribió encendidos versos y con filo de patriótico intelecto, denunció designios monstruosos y le abrió los ojos a nuestra América.

Amó la sencillez y lo sublime, como atajo para tocar la grandeza. Nada le fue más urgente que deberse a los demás. De darse vive el alma, dijo, y de darse a las causas magnas, la suya le fue ajena.

Con sus actos defendió lo que quiso que la humanidad fuera. Nunca, como en su propio itinerario, fue más perceptible su sentencia: «Por maravillosa compensación de la naturaleza, aquel que se da, crece».

Martí, que vivió para entregarse, es monte y es suma. El hijo apasionado, el hermano cálido, el padre amantísimo, el amigo cabal, el revolucionario, el periodista, el diplomático, el orador, el narrador y el poeta, el antimperialista, el enamorado, el patriota, el soldado que cayera luchando por la libertad de Cuba, hace 127 años en Dos Ríos, no murió aquel día que como tal recoge la historia entre sus fechas. Caer no es siempre morir. Morir es a veces crecer.

Para que su muerte fuera absoluta ya era tarde. Sus ideales justicieros ya habían echado a andar por el mundo, indetenibles, entre los pobres de la tierra.

#Cuba conmemora aniversario de caída en combate de #JoséMartí

#Martivive

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La Habana, 19 may (Prensa Latina) Cuba conmemora hoy el aniversario 127 de la caída en combate del Héroe Nacional, José Martí (1853-1895), organizador e iniciador de lo que denominó la guerra necesaria para romper la sujeción de la isla al yugo colonial español.

El poeta, ensayista, periodista y fundador del Partido Revolucionario Cubano, calificado Apóstol de la independencia de esta nación, encontró la muerte en los llanos de Dos Ríos, Oriente, cuando en su primer enfrentamiento fue alcanzado por una cerrada descarga de fusilería enemiga de la cual recibió varios impactos.

Pese a la recomendación del General en Jefe del Ejército Libertador, Máximo Gómez, de que permaneciera en la retaguardia, Martí marchó al frente acompañado de su ayudante, pues su ética y sentido del deber no le permitieron estar a la zaga de aquellos a quienes había convocado al combate.

Un día antes de su caída, en carta a Manuel Mercado, escribió: «(…) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (…) de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».

Su temprana desaparición física significó un duro golpe para la revolución iniciada el 24 de febrero de 1895, pero sus virtudes personales y legado emancipatorio, latinoamericanista y antiimperialista trascendieron en las luchas de Cuba por su definitiva independencia.

“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, truécase en polvo el cráneo pensador, pero viven perpetuamente y fructifican las ideas que en él se elaboraron”, escribió.

Fue Martí un cubano de proyección universal que rebasó las fronteras de su época y se convirtió en el más grande pensador político hispanoamericano del siglo XIX.

Su elevada cultura y especial sensibilidad le permitieron dejar a sus 42 años una vasta obra escrita, de singular estilo y belleza, que constituye referente imprescindible para todas las generaciones de cubanos.

Recordarán en Ecuador a #HéroeNacional de #Cuba

#Martivive

recordaran-en-ecuador-a-heroe-nacional-de-cuba

Quito, 19 may (Prensa Latina) Ecuatorianos y cubanos residentes en este país sudamericano recordarán hoy el legado del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, a 127 años de su caída en combate.

El homenaje al luchador independentista y latinoamericanista se rendirá en el Complejo Mitad del Mundo, donde está emplazado un monumento que le rinde tributo.

La colocación de ofrendas florales será la actividad principal de la jornada, que reunirá a funcionarios de la embajada de Cuba, representantes de las misiones estatales del territorio caribeño acreditados, diplomáticos de otras naciones y representantes de organizaciones sociales y solidarias con Cuba.

El acto lo organiza además la Asociación de Cubanos residentes en Ecuador, cuyas sedes en otras provincias como Chimborazo también tienen una agenda para recordar la caída en combate de Martí, el 19 de mayo de 1895, en medio de la lucha por independizarse del colonialismo español.

El plan comprende un conversatorio con el embajador de Cuba, Basilio Gutiérrez, quien disertará sobre el ideario martiano, el Partido Revolucionario Cubano y los lazos de amistad que unieron al Apóstol con el luchador y héroe ecuatoriano Eloy Alfaro.

Para el 21 de mayo está prevista la ascensión hasta el segundo refugio del volcán Chimborazo, donde también se rendirá homenaje al Libertador Simón Bolívar y a Alexander Von Humboldt, naturalista, vulcanólogo y geógrafo alemán, quien escaló la montaña y realizó estudios en la Mitad del Mundo.

Existe un #Martí accesible a todas las generaciones

#Martivive

Los postulados éticos martianos sustentan la cultura que defendemos en Cuba. José Martí nos sigue dotando de las herramientas éticas para construir el socialismo

José Martí
Foto: Archivo Granma

En 1960 el Guerrillero Heroico apuntó: «Martí fue el mentor directo de nuestra Revolución, el hombre a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer algo trascendente en esta Patria». En esta referencia el Che resume la vigencia del ideario martiano, un pensamiento que no es abstracto, sino que adquiere cuerpo y alma en sí mismo cuando somos capaces de redescubrir al héroe y aplicarlo a nuestra cotidianidad, cuando entendemos que la martianidad es osamenta sobre la cual debemos proyectarnos y sostenernos. Por eso somos martianos, porque críticamente lo hemos asimilado, porque creemos en la palabra del Maestro, y no lo hacemos como seres conducidos, sino desde una lealtad reflexiva a su palabra y ejecutoria.

En este tiempo, tan diferente al del Che y al de Martí, pero a la vez tan similar por las causas que motivan nuestra lucha, es imprescindible asirnos al Apóstol. Martí no representa solo al ferviente revolucionario, sino también al guía espiritual, que nos ayuda a comprender la felicidad como la condición humana más noble. Martí no representa a un intelectual aislado del acto de crear desde la perspectiva de la transformación; Martí crea y funda bajo el sueño de ver una sociedad que hace de lo hermoso lo cotidiano, que no discrimina, que hace felices a los hombres. Martí representa al verdadero intelectual: orgánico, coherente, que no solo divisa el bien, sino que lo hace parte de su praxis.

El Che nos pide que nos acerquemos a Martí, «sin pena, sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres, y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran».

Esta misión amerita ser concebida desde los códigos del presente; para lograr que los jóvenes lean a Martí y lo descubran a través de sus obras, yendo a sus rasgos más íntimos sin llegar a violentar su privacidad. Siendo consecuentes con sus ideas, sin hacer de lo que dijo sentencias lapidarias asimiladas acríticamente. Sin hacer el ridículo ni ridiculizarlo, debemos entender al Apóstol como el hombre que sintió y padeció. Hay que desacralizar a su persona desde la base del respeto infinito, para demostrar que existe un Martí accesible a todas las generaciones.

Sentirse martiano y conocer al Maestro en sí mismo es un reto, porque él no admite un acercamiento superficial. No se trata de memorizar sus frases, de repetir su discurso –a veces de forma descontextualizada–, o de conocer datos acerca de su biografía. Hay que escarbar en la esencia de su pensamiento, asumir críticamente sus valores, y tomar como punto de referencia sus juicios acerca de los temas más diversos.

Nos enseñó el Apóstol que: «Decir es hacer cuando se dice a tiempo»; por eso decimos, porque hay mucho que decir, porque no tenemos derecho a cansarnos cuando hay tanto que pelear por ese bien que tanto él apreciara: el culto a la dignidad plena del hombre. Es la hora de construir juntos un mejor porvenir, hagamos Patria con la fuerza de la verdad y las ideas.

Son las ideas armas invencibles, rectoras en la batalla, máxime si es cultural, como la que libramos contra el sistema colonizador del capitalismo. Tenemos que seguir siendo antimperialistas, ello significa base y principio en la consecución de los más elevados fines y objetivos de lucha por la vida y la felicidad humanas.

Es cultural la guerra, y salvando nuestra cultura de resistencia, con profunda sensibilidad, juntos andaremos el camino del bien, pensando y trabajando como actos sublimes para la creación, para elevarnos sobre lo común de la naturaleza humana.

Los postulados éticos martianos sustentan la cultura que defendemos en Cuba. José Martí nos sigue dotando de las herramientas éticas para construir el socialismo.

«Patria es humanidad, es aquella porción de humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas».

¡Cuánta verdad en las palabras de Martí! Conocerlo es ganar conciencia de cuánto tenemos que hacer por la patria, trabajar para ella y vivir por ella.

Los últimos días del Delegado (+ Video)

El 25 de marzo de 1895, en la carta de despedida a su madre, deja la más dramática de todas sus preguntas: ¿Por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Anda revuelto el corazón del Delegado

Obra de Lesbia Vent Dumois
Foto: Obra de Lesbia Vent Dumois.

Fueron duros los últimos días del Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí. Se había echado un pueblo a sus espaldas. Ya le han llamado Apóstol y sabe que se acerca la hora del martirio final. Pero antes, tiene que dar pecho a golpes descomunales para su cuerpo físico y su agitada mente.

La expedición armada, preparada con tanta discreción y desvelo, es abortada, por la malquerencia de López de Queralta y fuerzas hostiles a la Revolución. Se levanta de toda lágrima o lamentos y plantea la disposición de convocar al alzamiento, aunque tengan que desembarcar en Cuba en una tabla o un leviatán.

Ya en República Dominicana, Máximo Gómez le hace saber que el Delegado no iría a la manigua, porque es más  útil en Estados Unidos; por su cabeza pasa la imagen de una vieja discusión con Collazo, quien le había dicho que no tendría valor para estar en la manigua. Nadie duda ya de su valor, pero un juicio terrible caería sobre él si no participa directamente en la contienda.

Una noticia falsa publicada en los primeros días de marzo, anuncia que «Gómez y Martí ya están en Cuba»; tal hecho sirve de argumento para convencer a Gómez y a otros: El Delegado tiene que ir a Cuba.

El 25 de marzo de 1895, en la carta de despedida a su madre, deja la más dramática de todas sus preguntas: ¿Por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Anda revuelto el corazón del Delegado.

Es azarosa la travesía final;  Bastián, el capitán de la goleta Brother, se niega a seguir viaje; solo el negro cocinero, David, el de las Islas Turcas, mantiene la disposición de acompañarlos, y quedan abandonados en la Gran Inagua. El cónsul haitiano, Barbes, les extiende la mano, cuando aparece el carguero alemán Nostrand, al mando de su capitán masón, Julius Lowe.

El carguero, después de evadir la persecución inglesa, logra acercarse a las costas cubanas; luego al bote, y a remar. Llueve y la luna roja cae sobre la noche incierta.  

Es el 11 de abril de 1895, y el Delegado escribiría la frase que inunda su felicidad. «Salto. Dicha grande». Sube montes y no se cansa. Lleva gran carga sobre los hombros, pero el cuerpo espiritual vuela por encima de toda maldad o peligro. El 15 de abril, Gómez, junto a otros oficiales, le otorga el grado de Mayor General. Tres días después escribe una página terriblemente hermosa que resume un desvelo: «la noche bella no me deja dormir». Es que cerca de la hamaca duerme el último sueño de sus versos sencillos: «Verso, o nos condenan juntos / o nos salvamos los dos».

Entonces es la hora del encuentro de La Mejorana. Más allá de todas las lecturas e interpretaciones, Martí sale angustiado de aquella reunión; en las páginas del diario del 9 y 14 de mayo se nota ese raro malestar. Aunque no deja de entrar en la historia y el monte, la naturaleza se desplaza ligeramente de la fiesta que siente en los días de abril.  Llueve mucho en mayo. El 17 escribe la última página en su diario, dice que Valentín le trae «un jarro hervido en dulce con hojas de higo». El 18 escribe la carta memorable a  Manuel Mercado. Una pequeña  nota dirige a Gómez el propio 19 de mayo, a las  nueve de la mañana. La escena lista para arder entre un dagame y un fustete.

Al llegar a ese punto sentimos necesidad de detener el día, suspender la historia para avisarle de la muerte, pero, el Delegado que no llegaría a ser Presidente, sabe, hace muchos años, que carga una cruz. Tres disparos lo dejan al fin volar por encima de su tiempo para instalarse en ese cuarto de luz, donde no se muere el fuego de amar la libertad.

Cuando el #Apóstol creció, inmortal (+ Video)

#Martivive

Dos Ríos nos recuerda que allí habita, en realidad, la sobrevida de un hombre más inmenso que su tiempo. Un Martí que en el presente de su pueblo aún cabalga al frente de cada combate actual

Obra de Fabelo
Foto: Roberto Fabelo

Cuentan que aquella jornada funesta del 19 de mayo de 1895 no hubo destino más cierto para el Apóstol de la independencia que la hermosa premonición de su sacrificio por Cuba, escrita con hondo lirismo: «Mi verso crecerá bajo la hierba y yo también creceré».

Ese día vistió inusualmente de civil, con chaqueta oscura, corbatín y pantalón blanco. En su pecho –como insignia del decoro mambí– llevaba la escarapela de Carlos Manuel de Céspedes, y como escudo del corazón, el retrato de María Mantilla, «la niña amada». 

Su figura, casi solemne sobre el caballo Baconao, inspiraba respeto y admiración. Iba con la frente descubierta y la mirada como irradiando luz. Martí se dirigía al encuentro con la inmortalidad.

«Al pasar entre un dagame seco y un fustete corpulento caído, los disparos de los emboscados dieron en el cuerpo del Maestro, la luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre la amada tierra cubana (…) Había acontecido la catástrofe de Dos Ríos». Así narró el historiador Rolando Rodríguez el mortal desenlace del más universal de todos los cubanos.

Huérfana la Revolución de su guía intelectual, esa noche no fue preciso tocar silencio entre las tropas mambisas. «La Patria en armas estaba de luto». Mientras, con amarguísimo dolor, Máximo Gómez registraría en su diario: «Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma, podemos decir, del levantamiento».

Cómo no vibrar entonces ante el ejemplo de resolución y bravura de quien se había echado sobre sus hombros la preparación de una guerra necesaria, para acudir luego a la manigua entre los primeros, y no al amparo protector que quisieron darle en la retaguardia.

Cómo no reverenciar al Delegado resuelto que, antes de llegar a Dos Ríos, recorrió (una parte a pie y otra a caballo) más de 300 kilómetros con los zapatos desechos y una mochila donde cargaba cien tiros, medicamentos, libros, un revólver y su propia ropa.

Y cómo no honrar al Hombre de La Edad de Oro que al morir llevaba, como marcas de vida, la huella de un grillete y los agobios causados por su suelo oprimido, con el único anhelo de abrazar la libertad y tener en su «tumba un ramo de flores y una bandera».

Es por ello que, 127 años después, Dos Ríos nos recuerda que allí habita, en realidad, la sobrevida de un hombre más inmenso que su tiempo. Un Martí que en el presente de su pueblo aún cabalga al frente de cada combate actual.