#AMLO deja en evidencia la hipocresía de la Unión Europea

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AMLO deja en evidencia la hipocresía de la Unión Europea

Mientras que la Unión Europea acusa al Gobierno de México de atentar contra la libertad de expresión por el asesinato de periodistas en su territorio, guarda silencio sobre la extradición a Estados Unidos del fundador de Wikileaks, recriminó el presidente Andrés Manuel López Obrador.

El sueño del #capitalismo produce monstruos

Es el sistema en decadencia que apuesta a las cruces gamadas y las calaveras, al fascismo y la muerte con tal de no perder su hegemonía

Quizá los lectores de libros como Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; 1984, de Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley, o Una vida muy privada, de Michael Frayn, nunca imaginaron cuánto se parecería el mundo de hoy al descrito en esas novelas.

En la obra literaria de Robert Musil, El hombre sin atributos, escrita entre 1930 y 1942, Ulrich, el protagonista, se entrega a actividades banales, no productivas, sin valor ni sentido para los demás, no posee en lo personal nada que lo distinga, es un ser sin esencias, ni siquiera es un individualista, es la nada.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, describe un mundo en guerra permanente, donde los bomberos no están para apagar fuegos, sino para sofocar cualquier signo de pensamiento, de cultura, los seres humanos viven rodeados de pantallas de televisión con las que interactúan cada minuto de sus días, y que les vigilan cada paso.

1984 y Un mundo feliz nos llevan por caminos similares, drogas, vigilancia absoluta, banalidad, inhumanidad. Una vida muy privada es una distopía en la que los miembros de la casta superior viven recluidos de por vida en sus casas, ajenos a cualquier incidente externo, algo que recuerda los búnkeres en que se refugiaron los muy ricos cuando el clímax de la pandemia de la COVID-19 en EE. UU.

La creatividad de los autores se aproximó, desde el arte, a la pesadilla que es la propuesta del capitalismo, su proyecto de vida para la humanidad.

No fue el sueño de la razón lo que produjo monstruos como en el aguafuerte del pintor Francisco de Goya, es la irracionalidad sin frenos del capitalismo el que produce aberraciones sin fin.

La fantasía abandonada de la razón puede dar frutos inquietantes, grandes obras de arte, pero el mundo en desarrollo del capitalismo nada tiene que ver con esta definición, es más bien su contrario, su negación, el triunfo de la banalidad.

Los monstruos son otros, bestiales, inhumanos, con poco de genio, sometidos al carrusel del consumo que acelera sus giros mientras destruye las bases que le dan vida.

Armas de destrucción masiva, capaces de generar varios apocalipsis, aunque bastaría con uno solo para exterminar a la humanidad, laboratorios de guerra biológica, guerra permanente, destrucción del medioambiente, cambio climático, millones de desempleados, millones de seres humanos que mueren cada año de enfermedades curables, millones sin acceso al agua potable, etc., todo por la codicia imparable del 1 % de la humanidad.

Julio Verne imaginó submarinos y viajes a la luna; como él, otros soñaron y describieron en sus libros países o universos maravillosos, es el don del arte, fruto del esfuerzo y la mente poderosa de hombres y mujeres.

Los seres humanos, sin la hermosa locura de la creación, a la que alguien tildó una vez, incluso de satánica, al considerar que el don de crear provenía de un pacto con el Diablo, no seríamos humanos.

Contra ese don atenta el capitalismo de estos tiempos, ese sistema que banaliza la cultura para mejor dominarnos, que usa su industria del entretenimiento, su maquinaria de guerra cultural para evitar que encontremos y sigamos caminos alternativos.

Es el sistema en decadencia que apuesta a las cruces gamadas y las calaveras, al fascismo y la muerte con tal de no perder su hegemonía.

#EEUU 2022 – Fascistas Hijos de Perra. En manos de esos criminales, es que los vendepatrias cubanos quieren colocar a Cuba. Pues sepan que eso nunca ocurrirá.

¿Salvará el #capitalismo a la humanidad?

Nuestra era puede definirse como el capitaloceno. Hoy día, el poder del capital habla más alto que el derecho a la vida de los seres humanos y la naturaleza

Foto: Obra de Pawel Kuczynski.

El año comenzó con una noticia estremecedora. En 2021, en pleno auge de la pandemia, la fortuna de las 500 personas más ricas del mundo creció en más de un billón de dólares. Al cambio del 3 de enero del nuevo año, ese monto equivalía a 5,57 billones de reales.

Para tener una idea de lo que esto significa, basta saber que, en 2020, el PIB de Brasil –la suma de todos los bienes y servicios de una población de 212 millones de personas– fue de 7,5 billones de reales.

Si sumamos el patrimonio líquido de ese selecto club de 500 supermillonarios, el resultado es de 8,4 billones de dólares (49,9 billones de reales), superior al PIB de cualquier país del mundo, salvo Estados Unidos y China.

De los 500, diez son casi 2,15 billones de reales más ricos. Ellos son:

1) Elon Musk (Estados Unidos), 50 años. Su fortuna es de 270 000 millones de dólares. En 2021 esta creció en 114 000 millones. Es inversionista y fundador de Space x, una empresa que fabrica naves espaciales y tecnología de punta; de la The Boring Company, dedicada a la perforación de túneles y la infraestructura de la construcción; y de la mayor fábrica de autos eléctricos del mundo. Nació en Sudáfrica, pero tiene la nacionalidad estadounidense. Quiere privatizar el espacio.

2) Jeff Bezos (Estados Unidos), 57 años. Su fortuna es de 192 000 millones de dólares. En 2021 ganó 2,04 mil millones. Es dueño de medios de comunicación, inversionista, ingeniero en computación y, al igual que Musk, busca la privatización del espacio y promueve el turismo espacial. Es dueño de la compañía Amazon.

3) Bernard Arnault (Francia), 72 años. Su fortuna es de 178 000 millones de dólares y ganó 63,6 mil millones en 2021. Es inversionista y coleccionista de arte, controla la lvmh-Louis Vuitton s.a., que produce artículos de lujo, incluidas bebidas selectas como champán y coñac.

4) Bill Gates (Estados Unidos), 66 años. Su fortuna, de 138 000 millones de dólares, creció en 6,39 mil millones el año pasado. Es uno de los dueños de Microsoft.

5) Larry Page (Estados Unidos), 48 años. Su fortuna, de 128 000 millones de dólares, se incrementó en 46 000 millones en 2021. Especialista en ciencias de la computación, es cofundador de Google.

6) Mark Zuckerberg (Estados Unidos), 37 años. Magnate de medios de comunicación y empresario de internet, fundó Meta Platforms, que controla Facebook, Instagram y WhatsApp, entre otras subsidiarias.

7) Serguei Mijailovich Brin (Estados Unidos), 48 años. Su fortuna asciende a 124 000 millones de dólares, y creció en 43 000 millones en 2021. Especialista en ciencias de la computación, nació en Moscú y tiene ciudadanía estadounidense. Fundó Google junto a Larry Page. Abandonó el control de la empresa en 2019.

8) Steve Ballmer (Estados Unidos), 65 años. Tiene una fortuna de 124 000 millones de dólares, que creció en 39,3 mil millones en 2021. Fue presidente de Microsoft (2000-2014) y es dueño de Los Angeles Clippers, un equipo profesional de baloncesto.

9) Warren Buffett (Estados Unidos), 91 años. Su fortuna, de 109 000 millones de dólares, se acrecentó en 21,3 mil millones el año pasado. Inversionista, preside Berkshire Hathaway, una compañía holding diversificada, cuyas subsidiarias operan en los campos de los seguros, el transporte ferroviario de carga, la generación y la distribución de energía, etc.

10) Larry Ellison (Estados Unidos), 77 años. Posee una fortuna de 107 000 millones de dólares que creció en 27,5 millones en 2021. Empresario e inversionista, presidió la Oracle Corporation, la segunda mayor empresa de software del mundo en ingresos y capitalización de mercado.

La mayoría de los supermillonarios controla los medios de comunicación, en especial los electrónicos. O sea, fabrican las ideas que pueblan las mentes de mucha gente. Esos diez hombres tienen también poder para detectar cada uno de nuestros pasos y registrar nuestras preferencias. Poseen más poder que casi todos los jefes de Estado.

De los diez, solo uno no vive en Estados Unidos: el francés Bernard Arnault. Y, como se sabe, Estados Unidos es hoy un imperio más poderoso que el romano de los césares, el persa de Ciro, el griego de Alejandro Magno. Tiene poder ideológico (en especial a través de la industria del entretenimiento, como el cine), económico (el dólar y el euro son las únicas monedas internacionales, exceptuando las virtuales) y bélico (acumula 3 750 ojivas nucleares).

Vale subrayar que esos nueve estadounidenses tienen un inconmensurable poder electoral, ya que en Estados Unidos se permite el financiamiento privado de las campañas políticas.

¿Y por qué esas diez personas poseen fortunas tan fantásticas?

Porque vivimos en el sistema capitalista, que instauró la naturalización de la desigualdad social, la convicción de que la naturaleza existe para ser explotada, la creencia en que todos son libres para ascender de la pobreza a la riqueza (la meritocracia), el poder de dictar leyes y monitorear gobernantes y, como explica Max Weber, el precepto de que poseer una fortuna es señal de la bendición de Dios…

De los 7,9 mil millones de personas que habitan este planeta devastado por el capital, 857 millones padecen hambre (de la cual 24 000 mueren cada día); 780 millones sobreviven en la miseria (con ingresos de apenas 320 reales al mes); 785 millones no tienen acceso a agua potable; y más de 3 000 millones viven en la pobreza (con ingresos mensuales de 938 reales como máximo).

Nuestra era puede definirse como el capitaloceno. Hoy día, el poder del capital habla más alto que el derecho a la vida de los seres humanos y la naturaleza. La apropiación privada de la riqueza se considera un mérito y un derecho, protegidos por las leyes y la policía.

Los más ricos son envidiados, cortejados, adulados y admirados, mientras que los más pobres son menospreciados, rechazados y excluidos.

Un detalle: el 84 % de la población mundial (6,63 mil millones de personas) cree en Dios… No en vano los dólares llevan impreso In God we trust (confiamos en Dios). En realidad, deberían corregir la frase para que dijera In Gold we trust (confiamos en el Oro).

Estoy convencido de que ni la humanidad ni la naturaleza tienen salvación bajo el capitalismo. Y tengo la esperanza de que, un día, la humanidad considerará que es un sistema inhumanamente abominable.

La «satisfacción» de EE. UU.

La desfachatez de las autoridades estadounidenses no tiene límites. En el año 2015 fabricaron a Guaidó y lo reconocieron como gobierno paralelo, acogido a la lógica del dinero, que rápidamente fue a sus bolsillos, luego de que la administración de Donald Trump confiscara ilegalmente las reservas venezolanas guardadas en bancos de la nación del Norte

Ilustración tomada de Lechugninos.com
Foto: Ilustración tomada de Lechugninos.com

La noticia: «Estados Unidos acogió con satisfacción el mandato, por un año más, de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela», informó en un comunicado el Departamento de Estado.

Tal decisión, por supuesto, ha indignado a la nación bolivariana y al Gobierno legítimo que preside al país, encabezado por Nicolás Maduro.

La desfachatez de las autoridades estadounidenses no tiene límites. En el año 2015 fabricaron a Guaidó y lo reconocieron como gobierno paralelo, acogido a la lógica del dinero, que rápidamente fue a sus bolsillos, luego de que la administración de Donald Trump confiscara ilegalmente las reservas venezolanas guardadas en bancos de la nación del Norte.

La llegada del nuevo año 2022 ha traído para Venezuela y su pueblo, por un lado, la información gubernamental de crecimiento económico y avance en la producción petrolera, estabilidad del país y la decisión de las Fuerzas Armadas Bolivarianas de no permitir irrupciones desde territorio colombiano. Por la cara opuesta, se mantienen las patrañas del impostor Juan Guaidó, de defender las acciones desestabilizadoras en busca de la intervención armada foránea que tanto ha añorado.

Por estos días se ha denunciado que el personaje de marras y su grupo de conspiradores viven del dinero que le roban a la reserva monetaria venezolana depositada en bancos extranjeros.

Suman más de 153 millones los dólares sustraídos ilegalmente, que posibilitan el apoderamiento de unos 7,7 millones mensuales, el equivalente a la cantidad suficiente para garantizar alimentos a más de 30 000 familias venezolanas.

Ante la nueva acción de la actual administración de Estados Unidos, de reconocer y estimular la violación que significa auspiciar y financiar un gobierno paralelo encabezado por Juan Guaidó, las autoridades legítimas de Venezuela manifestaron este miércoles su rechazo por el «nuevo intento intervencionista», que pretende dar legitimidad al «grupo criminal transnacional» que encabeza el exdiputado opositor.

A través de un comunicado, la Cancillería venezolana aseveró que el Departamento de Estado de EE. UU. ha reconocido a unas «supuestas autoridades», que no están legalmente constituidas, «en clara violación al Derecho Internacional, a la Constitución y al orden democrático» establecido en el país.

Carta abierta de la madre de Julian #Assange al mundo

Una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso
Por Christine Ann Assange

«Hace cincuenta años, cuando di a luz por primera vez como madre joven, pensé que no podía haber dolor más grande, pero pronto lo olvidé cuando sostuve a mi hermoso bebé en mis brazos. Lo llamé Julian.

Ahora me doy cuenta de que estaba equivocada. Hay un dolor más grande.
El dolor incesante de ser la madre de un periodista galardonado, que tuvo el valor de publicar la verdad sobre los crímenes gubernamentales de alto nivel y la corrupción.

El dolor de ver a mi hijo, que intentó publicar verdades importantes, manchado a nivel mundial.

El dolor de ver a mi hijo, que arriesgó su vida para denunciar la injusticia, inculpado y privado del derecho a un juicio justo, una y otra vez.

El dolor de ver a un hijo sano deteriorarse lentamente, porque se le negó la atención médica y sanitaria adecuada en años y años de prisión.

La angustia de ver a mi hijo sometido a crueles torturas psicológicas, en un intento de romper su inmenso espíritu.

La constante pesadilla de que sea extraditado a los Estados Unidos y luego pasar el resto de sus días enterrado vivo en total aislamiento.

El miedo constante de que la CIA pueda cumplir sus planes para asesinarlo.
La ola de tristeza cuando vi su frágil cuerpo caer exhausto por un mini derrame cerebral en la última audiencia, debido al estrés crónico.

Muchas personas quedaron traumatizadas al ver una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso.

Quiero dar las gracias a todos los ciudadanos decentes y solidarios que protestan globalmente contra la brutal persecución política que sufrió Julian.

Por favor, sigan levantando la voz a sus políticos hasta que sea lo único que oirán.

Su vida está en sus manos».

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/2021/12/29/inglaterra-carta-abierta-de-la-madre-de-julian-assange-al-mundo/

#Capitalismo pandémico

Si el capitalismo es una sindemia, va a seguir produciendo virus y pandemias. Ese es el futuro y no es halagüeño. La política y la ciencia deberían estar luchando para liberar a la humanidad y a ellas mismas del capitalismo. Eso sí sería bueno para todos.

l pasado mes de septiembre, Richard Horton publicaba en la conocida revista The Lancet un artículo cuyo título puede resultar provocativo o sospechoso: No es una pandemia. Obviamente, no se trata de que uno de los medios científicos más prestigiosos del mundo hubiese colado entre sus páginas la opinión de un negacionista. Horton no negaba la existencia de la covid-19 ni alimentaba delirios conspirativos. Basándose en un concepto forjado en 1990 por el epidemiólogo Merrill Singer, Horton sostenía que no nos enfrentamos hoy a una pandemia sino a algo más complejo y, por lo tanto, más peligroso: una “sindemia”; es decir, un cuadro epidémico en el que la enfermedad infecciosa se entrelaza con otras enfermedades, crónicas o recurrentes, asociadas a su vez a la distribución desigual de la riqueza, la jerarquía social, el mayor o menor acceso a vivienda o salud, etc., factores todos ellos atravesados por una inevitable marca de raza, de clase y de género. La sindemia es una pandemia en la que los factores biológicos, económicos y sociales se entreveran de tal modo que hacen imposible una solución parcial o especializada y menos mágica y definitiva.

El problema no es, pues, el coronavirus. El problema es un capitalismo “sindémico” en el que ya no es fácil distinguir entre naturaleza y cultura ni, por lo tanto, entre muerte natural y muerte artificial. El capitalismo es la “sindemia” Pensemos, de entrada, en la multiplicación muy reciente de nuevos virus (gripe aviar, SARS), inseparables de la industria agroalimentaria y de la presión extractiva sobre el mundo animal. En un libro inquietante y riguroso, Grandes granjas, grandes gripes, Rob Wallace describe un modelo de producción cárnica en el que todo el proceso –desde la alimentación de aves y ganado hasta la aglomeración en las granjas– no solo facilita sino que hace inevitable la generación de nuevas cepas virales y su transmisión a los seres humanos. No hace falta recurrir a teorías de la conspiración, dice Wallace; los nuevos virus han sido creados, por supuesto, en un laboratorio, pero solo en el sentido de que el capitalismo ha convertido la naturaleza misma en un laboratorio vivo, en permanente ebullición patológica, incontrolable incluso para sus gestores y beneficiarios. El término “iatrogenia” se utiliza en general para referirse a los muertos producidos, sin dolo ni finalidad espuria, por la institución médica: el caso, por ejemplo, de las infecciones hospitalarias, responsables todos los años de más muertes que las gripes comunes. Pues bien, si un hospital, concebido como una unidad de seguridad sanitaria y sometido, por tanto, a toda clase de garantías asépticas, produce, pese a todo, infecciones mortales, ¿qué no ocurrirá en granjas proyectadas expresamente para acelerar el crecimiento de los animales mediante cócteles antibióticos y en condiciones de concentración literalmente infernales? La voluntad podría, sí, desmontar la máquina, pero la máquina se mueve ya al margen de nuestra voluntad. Wallace dice: “Al hacer capitalista a la naturaleza se hace que el capitalismo sea algo natural”, y ello de tal manera que “las disparidades en nuestra salud surgen de nuestros genes o de nuestras entrañas, no de los sistema de apartheid”.

El capitalismo ha inscrito en la naturaleza sus propias leyes mortales pero el apartheid, más allá del trabajo de Wallace, sigue incidiendo de modo determinante en la distribución y en las consecuencias de las infecciones víricas. Es aquí donde nos interpela el concepto muy técnico de “sindemia” propuesto por Singer y Horton. Los nuevos virus, nacidos en los “laboratorios naturales” de las grandes granjas agropecuarias, sin intervención de ningún maligno conspirador, pasan a sociedades humanas muy estratificadas en las que las mujeres, las minorías racializadas y las poblaciones urbanas marginadas, más expuestas a contactos de riesgo y víctimas ya de enfermedades no infecciosas o crónicas, acaban sucumbiendo a la epidemia y justificando, además, aislamientos selectivos y discriminaciones adicionales que, en una nueva vuelta de tuerca, agravan sus condiciones sociales y multiplican los riesgos de contagio global. Los virus pasan de animales maltratados a humanos maltratados en una sinergia potencialmente apocalíptica.

Ahora bien, si el capitalismo es una sindemia que convierte las granjas en laboratorios bioquímicos y las ciudades en focos de desigualdad epidémica, ¿cuál será la solución a la pandemia de covid? Anticipemos que una de las paradojas inseparables de esta dimensión “sindémica” es el hecho de que el mismo capitalismo que ha roto las fronteras naturales –y las sigue rompiendo sin parar– se sostiene sobre la ilusión de una “seguridad total”.

Demos un rodeo. Desde que la OMS declaró el carácter pandémico –es decir, global– del coronavirus en marzo de 2020, el combate local contra su difusión ha adoptado formas diversas según regímenes y tradiciones. China apostó por el control social y tecnológico; Inglaterra, Brasil, EE.UU. por la inhibición neoliberal; la UE por una fórmula mixta en la que las medidas sanitarias se combinaban a veces con alguna medidas sociales que frenaban parcialmente nuestro modelo de trabajo y consumo, basado en la movilidad. El debate se ha centrado, en todo caso, en un presunto conflicto entre políticos y científicos. ¿Hay que hacer política o dejar decidir a los médicos y epidemiólogos? La pandemia, ¿pone fin a la intervención política, ya muy desprestigiada en un mundo presidido por la des-democratización global? ¿No es mejor dejar gobernar directamente a los científicos?

El problema de este debate es que es falso, y lo es porque parte de un doble presupuesto erróneo: el de que en un sistema sindémico, como decíamos, puede haber una solución especializada y el de que, aún más, los políticos y los científicos siguen siendo poderes realmente determinantes. Tanto los políticos como los científicos están, si no secuestrados, al menos sí dirigidos o limitados por las mismas fuerzas económicas. Durante las cuatro últimas décadas, sobre todo tras la derrota de la URSS en la Guerra Fría, movimientos altermundialistas de renovación democrática recuperaron el concepto anticolonial de “soberanía” para reclamar la emancipación de la esfera pública –el Estado y sus instituciones– respecto de la economía y sus empresas; no es laico, desde luego, un Estado que confunde las esferas política y religiosa, pero tampoco lo es, o no lo es verdaderamente, el que confunde las esferas política y económica. En casi todos los países del mundo, como consecuencia de esta “falta de laicismo”, trágica en tiempos de crisis económica y gestión neoliberal, se llegó a la pandemia con una confianza muy deteriorada en los políticos y las instituciones públicas, y ello con los efectos de todos conocidos. Eso explica que, ante la eclosión inesperada de la catástrofe sanitaria, muchos ciudadanos dirigieran sus esperanzas hacia la ciencia. Ahora bien, lo que nos ha revelado la covid-19 es que la ciencia está no menos amenazada que la política por el capitalismo sindémico y sus espontaneidades destructivas.

Históricamente las pandemias (desde la peste de Atenas a la gripe española de 1919) han generado reacciones de pánico individual y colectivo, caldo de cultivo muy propicio para las teorías conspiratorias. Por muy descorazonador que resulte, es antropológicamente normal defenderse de la ceguera del azar y de la arbitrariedad biológica buscando un culpable concreto: los judíos, los extranjeros, los pecadores, los curas, los chinos, Bill Gates. Nada nos da tanto miedo como la contingencia, que nos vuelve al mismo tiempo vulnerables e intercambiables, y por eso, frente a ella, nos inclinamos a concebir los destinos del mundo en términos de “voluntad”, aunque sea adversa y negativa, y no de aleatoriedad. Preferimos, en definitiva, un Dios malvado –un demonio providente– a un virus geométrico que no podemos controlar pero tampoco insultar o denunciar; nos aterra esa abstracción ciega que no reconoce nuestra existencia ni siquiera para matarnos. Preferimos siempre, sí, un relato en el que el Mal omnipotente tenga una identidad corporal, nombrable y visible, porque el odio es un ansiolítico muy poderoso; y en el que las víctimas tengan protagonismo, al menos como objetos de una persecución premeditada y sujetos de un saber superior, pues nada tranquiliza tanto, en una situación incontrolable, como justificar nuestra impotencia y afirmar nuestra autoestima. Pues bien, todos estos factores antropológicos se han conjugado del modo más favorable –es decir, más peligroso– en el contexto de una pandemia sindémica que venía socialmente precedida por la disolución de los vínculos comunitarios y la pérdida de credibilidad de los políticos y las instituciones.

Lo que quiero decir es que, en el debate entre políticos y científicos, los delirios complotistas tienen el valor de señalar de un modo falso la falsedad de ese conflicto. Negando la existencia de un virus que no pueden ver, atribuyendo su aparición a una “mala voluntad” entre bastidores o denunciando en las vacunas una estrategia de ingeniería social y de control mundial, las teorías de la conspiración han iluminado la inconsistencia del conflicto políticos/científicos en la medida en que, errando peligrosamente el camino, han situado en otro marco, sin embargo, el origen y la solución de la pandemia. La han iluminado falsamente porque han elegido un marco tranquilizadoramente personal y, por lo tanto, narrativo y no sistémico. Pero la han iluminado a su manera. El covid, como he dicho, fue efectivamente creado en un laboratorio porque el capitalismo ha convertido la naturaleza entera en un laboratorio; las vacunas, por su parte, traducen efectivamente ambiciones de poder porque el poder económico penetra ya todas las esferas del conocimiento y, aún más, del conocimiento aplicado. Hay muchos motivos para desconfiar del origen “natural” del coronavirus y muchos motivos también para desconfiar de esas vacunas desarrolladas a velocidad sideral para contenerlo; pero ninguno de ellos tiene nada que ver con la maldad del gobierno chino o el afán de dominio mundial de Bill Gates. Ojalá fuera todo tan sencillo y tranquilizador.

Los virus pasan de animales maltratados a humanos maltratados en una sinergia potencialmente apocalíptica

Queremos creer en los políticos y resulta que la política está secuestrada por los índices bursátiles, la prima de riesgo y los límites draconianos de déficit público. Queremos creer en los científicos y resulta que la ciencia está secuestrada por las farmacéuticas. El mercado, en efecto, es la sindemia. Fijémonos en lo que significa “ciencia”: la idea hermosísima de una comunidad efectiva de intercambio transparente y generalizado en la que el progreso, necesariamente lento, sólo puede ser garantizado por la colaboración entre sus miembros y el apoyo de la ciudadanía exterior a través del Estado. Esa comunidad existe y sigue produciendo resultados epistemológicamente fundados; si no fuera así, si las farmacéuticas sólo vendieran aire y humo, habrían patentado y comercializado el cuerno de rinoceronte, el bálsamo de Fierabrás y los abracadabra de las magias blanca y negra. Esa comunidad existe y trabaja sin parar, pero ha sido intervenida, fragmentada y redirigida por un mercado paradójico que necesita verdadera ciencia y científicos convencidos, pero que sólo puede funcionar, al contrario que la ciencia y sus científicos, con opacidad, insolidaridad y precipitación; es decir, que sólo puede funcionar violando las reglas íntimas de la comunidad científica. El mercado, digamos, necesita vender verdadera ciencia y necesita disolver, al mismo tiempo, las únicas condiciones en las que la humanidad puede producir verdadera ciencia; necesita una comunidad científica universal y efectiva y necesita –y no sólo en el ámbito de la ciencia– destruir todos los vínculos comunitarios universales y efectivos. Cuando no somos capaces de advertir y afrontar esta contradicción, acabamos cediendo sin remedio a una de estas dos tentaciones: la de confiar en el mercado, confundiéndolo con la ciencia, o la de desconfiar de la ciencia, confundiéndola con el mercado. Una y otra tentación alimentan la sindemia; la primera, la de los consumidores pasivos, porque acepta sin protesta la pérdida de transparencia, universalidad y eficacia médica; la segunda, la de los conspiranoicos totalitarios, porque no deja ninguna grieta por la que pueda colarse la verdadera política y la verdadera ciencia. La verdadera política, por cierto, nada tiene que ver con la gobernanza neoliberal y la verdadera ciencia no se agota ni en las enfermedades ni en los remedios que reconoce y rentabiliza la farmacéutica privada o el “sistema médico” en general.

La cuestión es la siguiente: la producción y distribución de vacunas –cuya existencia hay que celebrar con alborozo– reproduce el modelo sindémico de la producción y distribución del virus. Es decir: hay presión sobre la comunidad científica desde las farmacéuticas como hay presión sobre los animales y sobre la naturaleza desde las empresas agroalimentarias; y hay desigualdad social –y por lo tanto geográfica– en la distribución de las vacunas como la hay en la distribución e incidencia de la enfermedad. Eso es, en realidad, lo que quiere decir “sindemia”.

Lo que nos ha revelado la covid-19 es que la ciencia está no menos amenazada que la política por el capitalismo sindémico y sus espontaneidades destructivas

Como sabemos, la velocidad con la que se han desarrollado las primeras vacunas contra la covid-19 (Moderna, Pfizer, Oxford) no tiene precedentes en la historia de la medicina. Siguiendo a la profesora Charlotte Summers, podemos aceptar que eso se debe en parte a los conocimientos acumulados en los últimos años, que garantizan a los hallazgos un mínimo de seguridad epistemológica; es decir, el mínimo de fiabilidad que los hace vendibles en el mercado. Pero esa velocidad despierta también justificadas reservas dentro de la propia comunidad científica, algunos de cuyos miembros consideran, con no menos fundamento epistemológico, que la presión sindémica ha impedido agotar los plazos cautelares aplicados a investigaciones anteriores, de manera que –como explica Els Torreele, fundadora de la iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas– no tenemos ninguna certeza acerca de la duración de la cobertura inmunológica de estas vacunas ni está claro que los vacunados no puedan transmitir el virus. Esta incertidumbre, añade la científica belga, está asociada a la competencia entre empresas farmacéuticas rivales que han mantenido en secreto sus investigaciones, contraviniendo las reglas de la práctica científica misma; así que al final las agencias sanitarias de los Estados han autorizado muchas veces estos productos “sin más datos que una nota de prensa de la empresa”. La velocidad, pues, es inseparable de la opacidad y de la falta de colaboración y genera un resultado inseguro que –añade Torreele– puede acabar siendo contraproducente, no sólo por los eventuales efectos colaterales para la salud sino porque puede minar además la confianza en la vacunación en general, alimentando las peligrosas teorías de la conspiración. La urgencia ha estado, sin duda, justificada, pero no conviene ignorar los riesgos potenciales –incluso para la credibilidad de la ciencia– de esta precipitación inducida extramuros de la comunidad científica.

¿Y por qué esta velocidad? Las presiones, externas e internas, son obvias. Las internas tienen que ver con el hecho de que, aunque buena parte de la financiación es pública, las patentes de explotación comercial son privadas. El capitalismo sindémico, que ha seleccionado siempre y sigue seleccionando qué enfermedades son curables y cuáles no en virtud de criterios puramente económicos, ha encontrado la más fabulosa oportunidad de negocio en un mercado literalmente global que convierte a 7.600 millones de seres humanos en potenciales clientes de sus productos. La misma lógica extractiva que se aplica a otros sectores –del petrolero al agroalimentario– se ha aplicado aquí para extraer fondos de los Estados y conocimientos de la comunidad científica. En cuanto a las presiones externas, cabe señalar dos orgánicamente asociadas: la de los gobiernos nacionales a los que ha tocado gestionar la pandemia y que –incluso por razones electorales– tienen que responder ante sus ciudadanos; y la de la población mundial, sobre todo la clase media occidental, a la que se prometió “seguridad total” y que, por eso mismo, temblorosa y levantisca, exige una solución inmediata y definitiva. Ni el capitalismo sindémico ni sus víctimas humanas –al menos en Occidente– pueden aceptar la idea de la muerte y la fragilidad. La paradoja es que, para satisfacer la demanda de inmortalidad individual, una vacuna insuficientemente testada puede aumentar, al contrario, la vulnerabilidad e inseguridad generales.

La producción de vacunas remeda, pues, la del propio virus. Ahora bien, eso mismo ocurre en el ámbito de la distribución farmacéutica, donde la velocidad de la rivalidad empresarial impide la falta de colaboración; es decir, la universalización de los beneficios. Como recordaba Juan Elman en un reciente artículo “la gran mayoría de los países no tienen garantizadas las dosis necesarias para vacunar a su población”. Mientras que Canadá, Reino Unido, Estados Unidos, la UE, Australia y Japón tienen ya aseguradas entre 4 y 8 dosis por persona, son muy pocos los países de renta media que llegan a una sola dosis (cuando se necesitan dos para la inmunización) y ninguno de los más pobres ha firmado acuerdo alguno para acceder a la vacuna. La propuesta inicial de India y Sudáfrica para liberar las patentes y suspender cualquier derecho intelectual sobre medicamentos o vacunas –al menos hasta que el 70% de la población mundial estuviera inmunizado– fue rechazada en la OMS por los países europeos, Estados Unidos, Canadá y Brasil. Por otro lado, el fondo Covax, supervisado por la propia Organización Mundial de la Salud y destinado a vacunar a poblaciones de bajos recursos, no ha sido apoyado por Estados Unidos y no recibe más que migajas de los países que acordaron su creación. Las vacunas, como vemos, reproducen, en lugar de interrumpir, el movimiento en bucle, articulado y sin salida, de la sindemia capitalista.

En definitiva, si el capitalismo es una sindemia, va a seguir produciendo sin parar virus y pandemias; y va a seguir produciendo, también sin parar, vacunas y medicamentos selectivos y mal distribuidos. Ese es el futuro y no es halagüeño para la humanidad. Pero si el capitalismo es una sindemia, entonces la política y la ciencia, hoy cautivas, deberían estar luchando para liberar a la humanidad y a ellas mismas del capitalismo. Eso sí sería bueno para todos.

Organizaciones reclaman libertad a Julian #Assange, Alex Saab, Simón Trinidad y presas y presos políticos de #EEUU

Libertad a Julián Assange, Alex Saab, Simón Trinidad y todos las y los presos políticos del Imperio encerrados en las mazmorras del gobierno de los Estados Unidos

El gobierno de los EE.UU., que tuvo el tupé de convocar a un encuentro virtual por la democracia del brazo de terroristas como Duque, Guaidó o Bolsonaro (9 y 10 de diciembre de 2021) y que mantiene bloqueos criminales contra Cuba, Venezuela, Nicaragua Irán, Rusia y otros, so pretexto (de nuevo) de la “lucha por la democracia”,  tiene cientos de presos políticos en sus mazmorras.

¿Si son tantos los prisioneros por razones políticas del Imperio, ¿por qué comenzamos con este pedido por Assange, Saab y Trinidad?

Porque sus luchas condensan las historias cientos de otras historias y elementos centrales de las políticas de dominación de los EE.UU. y los estados títeres o complacientes.

Julián Assange está privado de la libertad desde hace más de una década, primero en la embajada de Ecuador, luego una prisión británica, le espera la extradición a los EE.UU. con cárcel de por vida y torturas ininterrumpidas para lograr su suicidio.  Su “delito”: revelar al mundo de qué modo las agencias de inteligencia se apropian de los datos de la actividad humana y controlan a miles de millones de seres humanos.  En el futuro será reconocido como un humanista que ayudó a entender la vida en el siglo XXI; Julián Assange remite al PODER OMNIMODO DEL IMPERIO EN LAS COMUNICACIONES.

Alex Saab, es parte del cuerpo diplomático de Venezuela y como tal protegido por el Convenio de Viena. Estuvo privado de su libertad desde junio de 2020 en Cabo Verde mientras cumplía labores diplomáticas tendientes a romper el bloqueo criminal de los EE.UU. y otros países europeos que han causado daños materiales por 35 000 millones de dólares SOLO por apropiaciones bancarias y lo más perverso son las vidas humanas: 40 mil fallecidas entre 2017/18; 80 mil privadas del tratamiento contra HIV; 16 mil esperando diálisis; 4 millones sin tratamiento de diabetes o hipertensión (¿Cómo perjudica el bloqueo de EE.UU. a los venezolanos? 

Ahora lo extraditaron a los EEUU y le espera una condena brutal como todo el sistema judicial norteamericano; Alex Saab remite a la estrategia imperial de BLOQUEO contra los gobiernos que no se someten a las políticas de injerencia económica y política del imperialismo. 

Simón Trinidad fue detenido en Ecuador en el año 2004 mientras cumplía misiones de negociación por la libertad de las y los presos políticos colombianos con la ONU; fue extraditado a los EEUU y sometido a cuatro juicios separados dada la dificultad de condenarlos en juicios sin pruebas ni garantías procesales. Tanto la hasta entonces guerrilla de las FARC, como el gobierno colombiano habían considerado indispensable su presencia en La Habana en las conversaciones de Paz, pero ante la negativa del gobierno de los EE.UU. ambas partes fueron abandonando a Simón a la solidaridad internacional.  Su ejemplo es utilizado como señal de lo que le pasaría a los jefes insurgentes que no se subordinan al Estado Colombiano; su liberación es parte indispensable de la lucha por salvar y hacer efectivos los Acuerdos de Paz saboteados por el gobierno de Duque y los EE.UU.

Queremos señalar que en estos y otros muchos casos se incumplen las  Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos (Reglas Mandela), en particular la  Regla 59: “En la medida de lo posible, los reclusos serán internados en establecimientos penitenciarios cercanos a su hogar o a su lugar de reinserción   social”.

LA COORDINADORA AMERICANA POR LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS Y LAS PERSONAS PRIVADAS DE LIBERTAD POR RAZONES POLÍTICAS Y SUS ORGANISMOS DE LOS EEUU, MEXICO, COLOMBIA, VENEZUELA, CHILE, PERU, BOLIVIA, PARAGUAY, Y ARGENTINA PROPONE A OTROS ORGANISMOS DE LAS AMERICAS SUSCRIBIR EL PRESENTE TEXTO PARA SUMARNOS A LAS CAMPAÑAS POR LA LIBERTAD DE ASSANGE, SAAB Y TRINIDAD.
LIGA ARGENTINA POR LOS DERECHOS HUMANOS –  LIGA MEXICANA POR LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS – AGRUPACION DE FAMILIARES DE EJECUTADOS POLITICOS DE CHILE – FUNDACION LAZOS DE DIGNIDAD DE COLOMBIA – LIGA BOLIVIANA POR LOS DERECHOS HUMANOS – Fundación Latinoamericana por los DDHH y el Desarrollo Social DE VENEZUELA –  OBSERVATORIO DE LA ESCUELA DE LAS AMERICAS SOA WATCH – ALIANZA POR LA JUSTICIA GLOBAL DE LOS EE.UU. COMPARTE ESPERANZA DE PERU – CAMPAÑA POR LICHITA DE PARAGUAY

PARA CONTACTAR
ADRIAN RAMIREZ    +52 1 55 3802 6403
GUSTAVO GALLARDO  +57 310 2760369
JOSE SCHULMAN               +54 11 53298757

Tomado de web de la Coordinadora Americana por los Derechos de los Pueblos

Reprimen con perros y porras una protesta anti-COVID en Ámsterdam

#Capitalismo = #Fascismo

Miles de personas en la manifestación de este domingo en Ámsterdam.

La Policía antidisturbios de los Países Bajos ha usado porras y perros para dispersar una protesta no autorizada contra las restricciones por el coronavirus.

De acuerdo con los informes, varios choques se han registrado este domingo en el centro de la ciudad capitalina de Ámsterdam entre los agentes policiales y los participantes en una masiva marcha que denunciaban las restricciones que el Gobierno de los Países Bajos ha impuesto ante la nueva propagación del coronavirus.

Los manifestantes, sin mascarillas ni respetando el distanciamiento social, salieron a las calles para expresar su rechazo a las medidas determinadas para contener el virus, que ha registrado más de 15 000 nuevos contagios de coronavirus en la última jornada.

El mundo recibe el Año Nuevo con más de un millón de casos diarios de la COVID-19 y drásticas limitaciones por la variante ómicron.