#EEUU roba recursos de #Siria, esta vez 37 camiones con petróleo

Un vehículo blindado del Ejército de EE.UU. patrulla cerca de los campos petrolíferos de Rumaylan en Siria, 5 de octubre de 2020. (Foto: AFP)

Las fuerzas estadounidenses siguen expoliando los recursos naturales de Siria y han trasladado varios camiones de petróleo a sus bases en el norte de Irak.

Según ha informado la agencia siria oficial de noticias, SANA, las tropas de EE.UU. enviaron el sábado un convoy compuesto por 37 camiones con petróleo usurpado de la región siria de Al-Yazira para trasladarlo a Irak.

El robo se llevó a cabo en colaboración con la milicia kurdo-árabe Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), y la caravana usó el cruce ilegal de Al-Walid para entrar en Irak y después trasladar el oro negro al norte del país árabe.

Los ciudadanos de la localidad de Al-Sweida han confirmado el robo de los militares estadounidenses e indicado que el convoy incluía camiones cisterna cargados con grandes cajas selladas y cubiertas.

Las “fuerzas de ocupación” de EE.UU., en plena cooperación con las FDS, controlan la mayoría de los campos petrolíferos en la región siria de Al-Yazira y roban sus recursos naturales.

A pesar del rotundo rechazo del Gobierno de Damasco a la ilegal presencia de EE.UU. en Siria, Washington ha estado ampliando su contingente en el este y el noreste del país, bajo el pretexto de “proteger” las zonas petroleras de los grupos terroristas, pero, en realidad, lo que busca es extraer el crudo, el gas y los recursos naturales.

El presidente sirio, Bashar al-Asad, ha asegurado que, una vez se produzca la liberación de la provincia noroccidental de Idlib, considerada el último bastión de los terroristas en el noroeste del país, el Ejército de Siria acabará con la ocupación estadounidense.

4 de julio: Aniversario del verdugo de la democracia y los derechos humanos

#eeuu

El siguiente artículo fue coescrito por Jorge Molina Araneda y Patricio Mery Bell.

Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”.

Declaración de Independencia de Estados Unidos

Cuando la élite de la clase dominante colonial de lo que se conocería como Estados Unidos (13 colonias) decidió cortar los lazos con su metrópoli y establecer un Estado independiente para ellos, no lo imaginaron como una democracia. Por el contrario, se opusieron ferviente y explícitamente a la democracia, como la gran mayoría de los pensadores de la Ilustración europea. Para los llamados “padres fundadores”, las masas no solo eran incapaces de gobernar, sino que se las consideraba una amenaza para las estructuras sociales jerárquicas supuestamente necesarias para el buen gobierno. En palabras de John Adams, para tomar un ejemplo revelador, si a la mayoría se le daba poder real, redistribuirían la riqueza y disolverían la “subordinación” tan necesaria para la política. Cuando los eminentes miembros de la clase terrateniente se reunieron en 1787 para redactar una constitución, insistían regularmente en sus debates sobre la necesidad de establecer una república que mantuviera a raya la vil democracia, que se juzgaba peor que “la inmundicia de las alcantarillas comunes”. La nueva Constitución preveía elecciones populares solo en la Cámara de Representantes, pero en la mayoría de los Estados el derecho a voto se basaba en ser propietario, y las mujeres, los indígenas y los esclavos -es decir, la abrumadora mayoría de la población- simplemente quedaban excluidos de aquellas prerrogativas. Los senadores fueron elegidos por los legisladores estatales, el presidente por los electores elegidos por los legisladores estatales, y el Tribunal Supremo fue designado por el presidente. Cuando la república estadounidense llegó a ser rebautizada como una “democracia”, no hubo modificaciones institucionales significativas para justificar el cambio de nombre. En otras palabras, el uso del término “democracia” para referirse a una república oligárquica simplemente significaba que se usaba una palabra diferente para describir el mismo fenómeno básico. Poco a poco, el término “democracia” pasó a utilizarse como un término de relaciones públicas para cambiar el nombre de una oligarquía plutocrática. Mientras tanto, continuó sin cesar la esclavitud y la expansión colonial.

El análisis indica, según un estudio de Martin Gilens y Benjamin Page, que “las elites económicas y grupos organizados que representan intereses comerciales tienen impactos independientes sustanciales en la política del gobierno de los EE. UU., mientras que los ciudadanos promedio y los grupos de interés basados en las masas tienen poca o ninguna influencia independiente. Los resultados proporcionan un apoyo sustancial para las teorías de la dominación económica-elite […], pero no para las teorías de la democracia electoral mayoritaria”.

Para tomar solo un ejemplo de la gran cantidad de formas en que Estados Unidos no es, y nunca ha sido, una democracia, vale la pena destacar su asalto constante a los movimientos de poder popular. Desde la Segunda Guerra Mundial, se ha esforzado por derrocar a unos 50 gobiernos extranjeros, la mayoría de los cuales fueron elegidos democráticamente. Asimismo, de acuerdo con Wiilliam Blum en Deadliest Export, Estados Unidos interfirió groseramente en las elecciones de al menos 30 países, intentó asesinar a más de 50 líderes extranjeros, lanzó bombas en más de 30 países e intentó suprimir movimientos populistas en 20 naciones. El récord en el frente interno es igual de brutal. Para tomar solo un ejemplo paralelo significativo, hay amplia evidencia de que el FBI ha sido ocupado en una guerra encubierta contra la democracia.

Comenzando al menos en la década de 1960, y probablemente hasta el presente, extendió sus operaciones clandestinas anteriores contra el Partido Comunista, comprometiendo sus recursos para socavar el movimiento independentista de Puerto Rico, el Partido Socialista de los Trabajadores, el movimiento por los derechos civiles, movimientos nacionalistas, segmentos del movimiento pacifista, el movimiento estudiantil y la Nueva Izquierda en general. Considere, por ejemplo, el resumen de Judi Bari sobre su asalto al Partido Socialista de los Trabajadores: “Desde 1943-1963, el caso federal de derechos civiles Socialist Workers Party v. Attorney General documenta décadas de allanamientos ilegales del FBI y 10 millones de páginas de registros de vigilancia. El FBI pagó a unos 1. 600 informantes 1,680,592 de dólares y utilizó 20.000 días de escuchas telefónicas para socavar la organización política legítima”.

En el caso del Black Panther Party y el American Indian Movement (AIM), ambos fueron intentos importantes de movilizar al pueblo para desmantelar el poder y la opresión estructural de la supremacía blanca; el FBI no solo se infiltró en ellos y lanzó horribles campañas de desestabilización, sino que asesinó a 27 Panteras Negras y 69 miembros de AIM, y sometió a incontables personas a la lenta muerte por encarcelamiento.

Debemos abrir las puertas de la historia y escudriñar la fundación y evolución de la república imperial estadounidense. Esto no solo nos permitirá despedirnos de sus mitos de autocomplacencia, sino que también nos brindará la oportunidad de resucitar y reactivar tanto de lo que han tratado de borrar. En particular, hay una América radical justo debajo de la superficie de estas narrativas nacionalistas, una América en la que la población se organiza de manera autónoma en activismo indígena y ecológico, resistencia radical negra, movilización anticapitalista, luchas antipatriarcales. Es esta América la que la república corporativa ha tratado de erradicar, al tiempo que invierte en una campaña expansiva de relaciones públicas para cubrir sus crímenes bajo la falsa pátina de democracia.  Si somos perspicaces como para reconocer que los Estados Unidos no son democráticos hoy, no seremos tan ingenuos para pensar que alguna vez lo fue.

Los denominados Estados canallas (Rogue State) o su reactivación con “el eje del mal” (Axis of evil) es una expresión peyorativa utilizada en las relaciones internacionales para referirse a aquellos países que amenazan la paz y estabilidad mundial.

Estos Estados se caracterizan por contar con un régimen autoritario, en no respetar los derechos humanos, auspiciar el terrorismo y proveerse  de armas de destrucción masiva. Los países que forman parte de esta lista actualmente son Irán, Siria y Sudán. Algunos críticos acusan al concepto de “Estados canalla” o “eje del mal” debido a que hace referencia simplemente a cualquier Estado que se oponga a los Estados Unidos, pero que no necesariamente constituye en sí, una amenaza global. Arabia Saudita, cumpliría con todos los requisitos para ser considerado como uno, aunque no es etiquetado como tal, por ser una aliado estratégico del país norteamericano. Otros acusan a Estados Unidos de ser él mismo un estado canalla, cuya política exterior es frecuentemente catalogada de tener el mismo tipo de  brutalidad y arbitrariedad de aquellos a quienes él caracteriza bajo ese concepto. 

El economista Edward S. Herman apoya la idea de que el concepto es aplicable a Estados Unidos porque esté ejerce la tortura, interviene militarmente sin el consentimiento de las Naciones Unidas, apoya dictaduras según su conveniencia y no cumple con el protocolo de Kioto sobre la contaminación. Noam Chomsky ha afirmado que “Estados Unidos es un estado Terrorista» y que “EE.UU. es uno de los principales Estados terroristas del mundo según su propia legislación«. Chomsky afirma que está comprobado que los líderes de este país nunca operan sujetos a las leyes. Según un estudio realizado por el activista James Lucas, EE.UU ha matado a más de 20 millones de personas en 37 naciones víctimas que han sido objeto de su política injerencista.

Además, siguiendo a la académica Pasqualina Curcio, más de 41.500 personas murieron el año 2020 en EE. UU., no precisamente por causa del Covid-19, fallecieron víctimas de disparos. En plena pandemia, se registraron 592 tiroteos masivos en el mencionado país del norte, algo así como 1,6 enfrentamientos armados cada día. En 2019 fueron 415. Las ventas de armas de fuego batieron récord en 2020, 23 millones en menos de un año, 64% más que las ventas registradas en 2019 cuando se registraban más armas en manos de civiles estadounidenses que habitantes: la relación era 120,5 armas por cada 100 habitantes. Más de 8 millones que compraron armas en 2020 lo hicieron por primera vez (Fundación Nacional de Deportes de Tiro). Por otro lado, no fue solo George Floyd quien murió asfixiado mientras un policía presionaba, con la rodilla, su cuello. Según datos de Mapping Police Violence, 316 afrodescendientes murieron a tiros por la policía de EE. UU., lo que representa el 28% de las 1.127 personas asesinadas por los cuerpos de seguridad con armas de fuego en 2020.

A raíz de tal atrocidad, cientos de protestas contra el racismo se dieron en el país norteamericano dejando un saldo de más de 10.000 manifestantes arrestados, entre ellos 117 periodistas. De acuerdo con The Guardian, los policías golpearon y rociaron con gas pimienta a los reporteros. En cambio, solo el 2% de los policías involucrados en tiroteos fueron acusados de delito.

William Foege, el exdirector del Centro de Enfermedades Contagiosas de ese país, calificó de masacre lo que el gobierno de EE. UU. ha desencadenado por su incompetencia para contener el virus. Por su parte, The Washington Post calificó las acciones del gobierno de EE. UU. con respecto a la pandemia como «asesinatos autorizados por el Estado» donde «los ancianos, los trabajadores de las fábricas y los afroamericanos e hispanoamericanos» son deliberadamente sacrificados”.

Ni siquiera el derecho a la educación ha sido garantizado. El acceso a internet es fundamental para la prosecución educativa en pandemia. No obstante, en el país con el supuesto mayor avance tecnológico del mundo (después de China) 17 millones de niños viven en hogares sin conexión a internet y más de 7 millones no tienen computador (Censo de 2018).

La desigualdad y por lo tanto la pobreza y el hambre en EE. UU. aumentaron en 2020. Más de 50 millones de personas, es decir, el 17% de la población sufrió de inseguridad alimentaria el pretérito año, es decir, no tenía que comer, de ellos 1 de cada 4 niños (Feeding América). Recordemos que, en 2019, según la Oficina de Censos, 40 millones de estadounidenses vivían en condición de pobreza y más de medio millón carecía de refugio permanente, cifras que aumentaron en pandemia (Informes sobre la violación de DDHH en EE. UU. elaborados por la Oficina de Información del Consejo de Estado de China).

Alrededor de 20,5 millones de estadounidenses perdieron sus empleos durante la pandemia y la tasa de desocupación llegó a 21,2%. Paradójicamente, en menos de 12 meses, los 614 multimillonarios de ese país aumentaron su riqueza en US$ 931.000 millones (Forbes) gracias a las políticas del gobierno que estuvieron orientadas a la protección del mercado bursátil. Los 50 estadounidenses más ricos tienen tanta riqueza como los 165 millones de personas más pobres del país (Bloomberg).

En cuanto a la población migrante, en 2020 murieron 21 personas bajo custodia de inmigración. De los 266.000 niños migrantes detenidos y separados de sus padres o familiares, más de 25.000 han sido detenidos durante más de 100 días, 1.000 por más de un año y algunos han pasado más de cinco años bajo custodia. Varios solicitantes de asilo fueron amenazados y obligados a firmar sus propias órdenes de deportación, aquellos que se negaron fueron ahogados, golpeados, rociados con gas pimienta y esposados para tomar sus huellas dactilares (ONU, 2020).

A pesar de los múltiples llamados hechos por Naciones Unidas solicitando el levantamiento de las denominadas sanciones durante la pandemia, el gobierno de EE. UU. intensificó el bloqueo financiero y económico contra Cuba, Irán y Venezuela, por mencionar algunos países.

Estados Unidos vive hablando hasta el hartazgo de la no-proliferación de armas nucleares por parte de países sospechosos (IIrán, Corea del Norte), pero se permite tener la mitad del arsenal atómico del mundo: 6.000 misiles intercontinentales de los 12. 000 que existen en el planeta. Y mientras condena a los gobiernos de Teherán o de Pyongyang por sus avances en materia nuclear, sin la más mínima vergüenza equipa a Israel con el mismo tipo de armas que fustiga furioso en otros (400 bombas atómicas, oficialmente inexistentes). Castiga a los gobiernos que se da el lujo de calificar de dictatoriales y a los golpes de Estado…., siempre y cuando constituyan obstáculos a su hegemonía: Fidel Castro, Muamar Gadafi o Nicolás Maduro se presentan como “dictadores”, según su lógica, pero no lo eran Pinochet o Suharto. Y la doble moral llega al colmo de criticar cuartelazos -siendo que todos los golpes militares en Latinoamérica son, en definitiva, producto de su inspiración- mientras en lo doméstico ha tenido infames golpes palaciegos: el de Kennedy con magnicidio incluido. Habla de terrorismo mientras protege a connotados mercenarios terroristas como Luis Posada Carriles, autor de un acto infame en contra de un avión comercial en vuelo con 76 muertes. Continúa torturando a mansalva en cárceles secretas, y no tan secretas, como en la oprobiosa base de Guantánamo en la isla de Cuba, o la tristemente célebre prisión de Abu Ghraib, en Irak.

Si de terrorismo se trata, los “fanáticos musulmanes” que aterrorizan al mundo “libre y civilizado” (Al-Qaeda, el Estado Islámico), son su creación. “¿Qué significan un par de fanáticos religiosos si eso nos sirvió para derrotar a la Unión Soviética?”, dijo alguna vez Henry Kissinger. Habla interminablemente de las bondades del libre mercado y el parasitismo del Estado, pero subsidia su producción agrícola nacional y traba el libre comercio haciendo jugar al Estado un papel fundamental en el mantenimiento del equilibrio de la gran empresa a través de su intervencionismo. Cada vez que alguna de sus grandes corporaciones multinacionales está en apuros (Lehman Brothers, General Motors Company, por mencionar algunos casos), su Estado sale al rescate. Privatiza las ganancias, pero socializa las pérdidas, haciéndole pagar al resto del mundo las mismas, con emisión inorgánica de su moneda. Habla de la ley para luego saltarla impunemente, como demuestra cada vez en forma más marcada su abandono de los mecanismos civilizados de resolución de conflictos de la humanidad como la Organización de las Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional (CPI) o los diversos tratados internacionales que desconoce. Ya lo decía uno de sus exfuncionarios, John Bolton (exconsejero de seguridad nacional), hace ya algunos años: “si es necesario bombardear el edificio de la ONU, lo haremos”.

#Canadá : Hallan otras 182 tumbas de niños indígenas en un internado católico

“Asesinato en masa de pueblos indígenas”

Encuentran otras 182 tumbas de niños indígenas en un internado en Canadá |  Niños | The Epoch Times en español

01-07-21.- El grupo local Lower Kootenay, informó del hallazgo de 182 tumbas no identificadas en los terrenos de la antigo internado escolar de St. Eugene Mission School, en el oeste de Canadá.

El internado fue gestionado por la iglesia católica desde 1912 hasta principios de los 70s.

Además, consideró que esto «es un asesinato en masa de pueblos indígenas«. Agregó que «los nazis fueron responsabilizados por sus crímenes de guerra.

Lower Kootenay Band informó en un comunicado que comenzó a usar la tecnología de radares de penetración terrestre el año pasado para lograr tal descubrimiento en este territorio. Han confirmado que algunos de los restos están enterrados a un metro de profundidad.

Exigen justicia

Perry Bellegarde, jefe nacional de la Asamblea de Primeras Naciones indígenas de Canadá, se pronunció al respecto a través de su cuenta de Twitter: «Lo he dicho antes y lo diré de nuevo, este es el comienzo de estos descubrimientos. Pido a todos los canadienses que se unan a las primeras naciones para exigir justicia», escribió.El jefe indígena Jason Louie de la tribu Lower Kootenay, calificó el descubrimiento como “profundamente personal”, ya que tenía familiares que asistían a la escuela. “Llamemos a esto por lo que es”, dijo Louie a la radio CBC en una entrevista. “Es un asesinato en masa de pueblos indígenas”. “Los nazis fueron responsabilizados por sus crímenes de guerra. No veo ninguna diferencia en ubicar a los sacerdotes, monjas y hermanos responsables de este asesinato en masa para que rindan cuentas por su participación en este intento de genocidio de un pueblo indígena”.

*Con información de AFP, EFE y Twitter

#Colombia : Nueva masacre en Cauca se cobra la vida de tres personas

Los mejores alumnos de #EEUU

Este hecho de violencia es la masacre número 47 en lo que va del presente año en Colombia, y  la nueve en el Cauca.

El Instituto de Estudios sobre el Desarrollo y la Paz (Indepaz) de Colombia reportó una nueva masacre en el departamento del Cauca, en una zona rural en los límites de los municipios de Argelia y Balboa, donde tres jóvenes murieron a causa de disparos.

Yeison Benavidez y Camilo Galindez, residentes del corregimiento de El Mango Argelia, fueron asesinados entre Balboa y Argelia y un tercero en la vía a San Alfonso, en el sureste de Colombia.

Este hecho, la masacre número 47 en lo que va del presente año y  la nueve en el Cauca, se presento cuando las víctimas se desplazaban en cercanías de la población de Balboa y de repente fueron interceptados por hombres armados que les dispararon.

Las versiones preliminares adelantaron que los cuerpos de los jóvenes registraban varios impactos de arma de fuego y fueron abandonados en una carretera.

La devastadora guerra contra el narcotráfico que #EE.UU. le impuso al mundo cumple 50 años de fracasos

Casos de corrupción en Estados Unidos – Redvolución

“Declaro la guerra contra las drogas”. Esta frase, pronunciada por Richard Nixon el 17 de junio de 1971 en la Casa Blanca, marcó el inicio de una estrategia intervencionista en la que EE.UU. se erigió como gendarme mundial del combate al narcotráfico.

Los resultados han sido desastrosos. Cinco décadas después, no hay un solo efecto positivo. Al contrario. Hoy hay más sustancias prohibidas, son más baratas, más accesibles y con mayor potencia. El consumo aumentó tanto en EE.UU. que ha enfrentado epidemias consecutivas de cocaína, heroína, metanfetamina y fentanilo, y sigue siendo el país que más consume drogas.

Las organizaciones criminales crecieron, se multiplicaron, se profesionalizaron, se globalizaron. Se expandieron a todo el mundo con la invaluable ayuda de los bancos estadounidenses y europeos que lavan las multimillonarias ganancias del negocio trasnacional e ilegal más lucrativo.

La estela de víctimas es interminable: los usuarios que tienen consumo problemático y que son tratados como delincuentes, no como personas con problemas de salud; los cientos de miles de muertos y desaparecidos por la disputa de territorios o de mercancías o por la militarización del combate que sólo acrecentó las violaciones a los derechos humanos; los campesinos sumidos en la pobreza y que sólo pueden sobrevivir con la siembra de adormidera, hoja de coca o marihuana, o a quienes les arrasan sus campos con fumigaciones dañinas y erradicaciones forzadas; las ‘mulas’ que, a cambio de unos cuantos dólares, aceptan utilizar su cuerpo para transportar drogas; los consumidores que cumplen condenas por delitos que no deberían ser tales; los hombres y mujeres que forman parte de los eslabones más vulnerables de la cadena narco y a los que se les imponen condenas desproporcionadas.

Y la violencia endémica. Si lo sabrán especialmente Colombia y México. 

Cada año, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito y la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes presentan informes sobre drogas y narcotráfico que demuestran que, más allá de oscilaciones en la producción, el negocio se mantiene firme. No importa cuántos narcotraficantes mueran, se detengan o condenen, o cuántas toneladas se decomisen. El negocio solamente cambia de manos y no para de crecer.

Lo increíble es que, a pesar de que las cifras de producción, variedad de sustancias, consumo, muertes y presos evidencian que esta guerra ha sido infructuosa, la retórica bélica sigue vigente y cada tanto es repetida por presidentes latinoamericanos. Todavía es un discurso predominante que contrasta con los esfuerzos de sectores sociales que apuestan por modificar las políticas de drogas para que se aborde prioritariamente como una problemática de salud basada en el respeto a los derechos humanos.

El origen

Nixon fundamentó su nefasta guerra en el persistente consumo y en premisas moralinas. Hilvanó un lenguaje en el que consideró el abuso de sustancias como el “enemigo público número uno” al que había que derrotar a toda costa bajo tres ejes: la criminalización de los consumidores, el prohibicionismo absoluto de determinadas drogas y la militarización en el combate al narcotráfico en los países latinoamericanos productores.

La meta, irreal, era desterrar todas las drogas ilegales. Que dejaran de producirse y de consumirse. 


EE.UU. jamás ha admitido su responsabilidad en el negocio narco debido a sus altos niveles de consumo, al tráfico de armas y al lavado de dinero. Los culpables siempre son otros.

Para reforzar su estrategia, en julio de 1973 creó la Drug Enforcement Administration (DEA) que, a partir de ese momento, sería omnipresente en las operaciones contra el narcotráfico alrededor del mundo y que junto con la CIA se disputaría recursos financieros para seguir justificando su existencia.

En el imaginario estadounidense ya predominaban la estigmatización y los prejuicios raciales. Desde principios del siglo pasado habían vinculado a los chinos con el opio; a los negros con la cocaína; y a los mexicanos con la marihuana. Eran una amenaza. EE.UU. jamás ha admitido su responsabilidad en el negocio narco debido a sus altos niveles de consumo, al tráfico de armas y al lavado de dinero. Los culpables siempre son otros. Están convencidos. De ahí el éxito de la promesa de Donald Trump de construir un muro para cerrar el paso a los narcos mexicanos. De los narcos estadounidenses jamás sabemos nada.

Ya en los 80, Ronald Reagan insistió en que las drogas representaban una amenaza para la seguridad nacional. La guerra antinarcóticos se convirtió en una prioridad y EE.UU incrementó la asistencia militar y policial en América Latina. A través de la Iniciativa Andina, combatió el cultivo de marihuana y la producción de cocaína sin entender las complejas causas económicas, políticas y sociales que permitían el auge de estos cultivos en países como Colombia, Bolivia o Perú.

La hipocresía siempre ha estado latente. La CIA llegó al extremo de permitir el ingreso de drogas a EE.UU. a cambio de que los cárteles apoyaran a la Contra, el grupo armado que financiaba para derrocar a los sandinistas en Nicaragua. El caso Irán-Contras ha sido uno de los grandes escándalos de corrupción e intervencionismo de EE.UU. en América Latina, pero no el único. 

Rebeldía

Durante décadas, EE.UU. extorsionó al resto de los países latinoamericanos con una certificación anual que evaluaba si habían obedecido sus políticas antidrogas. En caso contrario, les cortaba el flujo millonario de recursos. A varios gobiernos dependientes no les importó afectar a sus ciudadanos y provocar sangrientos conflictos sociales con tal de entregar buenas cuentas.

Importaban más las cifras de campos erradicados, drogas decomisadas y narcos detenidos y asesinados, que las personas, los derechos humanos y la democracia.


Todos los presidentes estadounidenses han anunciado “éxitos” en la guerra contra el narcotráfico que, en realidad, son inexistentes. Es un “ya casi ganamos” que, 50 años después, es todavía más inalcanzable.

El tema era tan central en la agenda de los gobiernos estadounidenses que, a fines del siglo pasado, el 92 % del presupuesto de asistencia militar y policial en América Latina y el Caribe se destinaba a la guerra contra las drogas. Pero en septiembre de 2001 la preocupación cambió por completo para dar prioridad a la “guerra contra el terrorismo”.

Aun con recortes presupuestarios, las políticas de drogas siguieron inmutables. Desde Nixon hasta ahora, todos los presidentes estadounidenses han anunciado “éxitos” en la guerra contra el narcotráfico que, en realidad, son inexistentes. Es un “ya casi ganamos” que, 50 años después, es todavía más inalcanzable.

Por eso, comenzó a asomar la rebeldía. En 1998, a instancias de México, se celebró en Nueva York una Sesión Especial de la Asamblea de Naciones Unidas en la que países latinoamericanos y europeos advirtieron que no compartían una guerra que había provocado más daño que el consumo mismo de las sustancias. En lugar de analizar alternativas, la ONU volvió a comprometerse con “un mundo libre de drogas”. De nuevo, la meta imposible.

Desde entonces, expresidentes, premios Nobel, periodistas, profesores universitarios, parlamentarios, empresarios, médicos, criminólogos, diplomáticos, políticos, filósofos, sociólogos, activistas, jueces y sacerdotes de decenas países, incluido Estados Unidos, han convocado a través de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia a cambiar el paradigma, a enfocar las políticas mundiales de control de drogas sin miedos, prejuicios y prohibiciones punitivas que cedan al sentido común, la ciencia, la salud pública y los derechos humanos.

Alternativas

La discusión está latente, tanto como las resistencias y los avances.

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Lo fundamental es ser realistas. Entender que las drogas se van a seguir produciendo y consumiendo. Que las políticas aplicadas hasta ahora no funcionaron y que hay que diseñar y poner en marcha alternativas alejadas de dogmas y prejuicios.

En 2013, Uruguay hizo historia al convertirse en el primer país del mundo en legalizar la producción, consumo y venta de la marihuana con fines medicinales y recreativos. Es decir, toda la cadena del negocio. Luego le siguió Canadá. México, que tiene un papel central en el negocio narco, está a un paso de imitar esta política rupturista e incluso desde el Gobierno abren la puerta a regular también la amapola, materia prima de la heroína.

La legalización de la marihuana ya rige en más de la mitad de los estados de EE.UU. En Portugal, la despenalización del consumo y el fin de la estigmatización a los usuarios de drogas logró reducir el mercado de cocaína y heroína y la población carcelaria. En gran parte de Europa se fortalecen las políticas de reducción de daños con salas de consumo supervisadas por el Estado que incluyen el intercambio de jeringas para evitar la propagación del VIH y hepatitis B y C entre los usuarios de heroína y otras drogas inyectables.

No se trata de promover las drogas, de frivolizar su consumo ni de alentarlo. Tampoco de que los países latinoamericanos asuman solo el papel de víctimas, porque, con el pretexto de combatir el narcotráfico, muchos políticos violan gustosamente y por su cuenta propia los derechos humanos y lideran o participan de las prácticas de corrupción inherentes al negocio.

Lo fundamental es ser realistas. Entender que las drogas se van a seguir produciendo y consumiendo. Que las políticas aplicadas hasta ahora no funcionaron y que hay que diseñar y poner en marcha alternativas alejadas de dogmas y prejuicios. Que así sea, por el bien de nuestras sociedades.


Por qué nos gusta lo que nos gusta?

El capitalismo aprendió a dominarnos por nuestros gustos y nos enseñó a gustar de la dominación misma. Luego de chantajearnos por los alimentos, por nuestros miedos, por la vivienda… por lo básico, el capitalismo entendió que podía vendernos lo que nos place y hacer con la dominación de los gustos un negocio inmenso

Foto: Fotocomposición

Un porcentaje no pequeño de nuestras decisiones y conductas se anima por el juicio del gusto. No pocas veces involucran sentimientos muy profundos. Compras, ventas, matrimonios, partos o sepulturas… suelen asumirse por un desplante patente o latente del «gusto» que nos impone e inspira un objeto o un sujeto. ¿De qué depende que algo nos guste, nos disguste o deje de gustarnos? ¿Somos, acaso, una especie hedonista y frágil a la que se ha victimizado fácilmente por la vía de seducirla con sus gustos, nos guste o no aceptarlo?

También el capitalismo aprendió a dominarnos por nuestros gustos y nos enseñó a gustar de la dominación misma. Luego de chantajearnos por los alimentos, por nuestros miedos, por la vivienda… por lo básico, el capitalismo entendió que podía vendernos lo que nos place y hacer con la dominación de los gustos un negocio inmenso. Rápido nos educaron para que nos gustaran los gustos del patrón, su forma de vida, sus valores, sus comodidades y su poder. Rápido nos educaron para que dejaran de gustarnos nuestros pares y comenzaran a ser de nuestro gusto todas las personas y las cosas que nacen, crecen y se reproducen en el seno de la clase que nos explota. Y nos educaron para comprar y comprar todo lo que ellos inventan, pero, eso sí, con gusto, como el «buen gusto».

Parece ser factor decisivo ante los gustos el –nada infrecuente– componente irracional de sus causas y sus efectos. ¿Por qué se gasta lo que se gasta en el mundo en juguetes bélicos para niños? ¿Por qué se invierte lo que se invierte en bebidas alcohólicas, gaseosas y todo género de cotillón para animar fiestas o celebraciones variopintas? ¿Por qué se consume con gusto la masa ingente de películas, series televisivas, programas, música, noticieros y, en general, mercancías ideológicas burguesas? ¿Por qué la adquisición de ropa, maquillajes y parafernalia de moda a cualquier costo y con calidades dudosas? ¿Por qué nos gusta endeudarnos, por qué nos gusta embrutecernos, por qué nos gusta pelearnos?

Y a pesar de todos los enigmas que rodean el juicio del gusto (es decir, nuestra capacidad de afirmar o negar algo sobre lo que nos gusta) nada de lo que se diga sobre los gustos está exento de la lucha de clases ni de la influencia histórica que imprime, en toda conducta, la ideología de la clase dominante. Simplismos al margen. En el objeto o sujeto de nuestros gustos o disgustos se objetiva la escala completa de lo que sabemos y de lo que ignoramos. Todos nuestros parámetros se cimbran. ¿Lo que nos gusta o disgusta proviene de lo que nos enseñaron en casa, en la escuela, en el trabajo, en la iglesia o en la tele? ¿Nos gusta solo aquello que conocemos o lo que desconocemos también, nos gusta lo que le gusta a todos o lo que nos hace distintos? ¿Nos gustan las combinaciones, las mezclas o las ambigüedades? ¿De dónde sacamos que nos gusta lo que nos gusta?

Y más complejo es saber por qué nos gusta lo que nos daña. Por qué aceptamos con gusto hacer, decir, pensar e imponer como modelos de vida gustos cuya consecuencia –de corto o largo plazo– será algún daño a la salud, a las relaciones sociales, a la política o al planeta entero. ¿Nos gustan las películas de Hollywood, las telenovelas, las teleseries, fumar, alcoholizarnos… financiar dependencias de todo tipo y contribuir a enriquecer mafias a granel?

Para colmo, transferimos «gustos» a nuestros hijos o amigos porque esa transferencia es un ejercicio de poder con el que hacemos reinar la parte más individualista de nuestra estética que, por cierto, suele no ser tan individual como creemos. Por una y muchas razones la crítica a los gustos suele tomarse como una agresión que ofende fibras muy sensibles y suele irritarnos hasta lo irreconciliable. Incluso quedan aún zonas de pudor que se lastiman cuando alguien descubre algo que nos gusta y que nos es difícil de aceptar. De ese alguien se espera la complicidad y el silencio con que se forjan asociaciones estéticas que incluyen, no sin frecuencia, alianzas patológicas en sentidos varios. Adictos se les llama. ¿Por puro gusto?

En el almacén demencial de mercancías –que el capitalismo nos impuso como si fuese la vida misma– abarrotado con no pocos objetos inalcanzables e inútiles, se impuso un criterio resbaloso para impulsar el consumismo a destajo y ese criterio se funda en el gusto. Se compra el televisor que gusta para ver los programas que gustan y toda la publicidad que gusta a un pueblo anestesiado con gustos de mercado y estética de clase. Se compra la licuadora que gusta, el abrigo, las cucharas, los muebles… y principalmente el status, lo distintivo, la plataforma ideológica que facilita la ilusión de pertenencia al mundo del patrón y al universo de sus gustos. Cueste lo que cueste.

La dictadura de los gustos es una batalla económica y es una batalla ideológica. Los gustos son metralla letal de las máquinas de guerra ideológica. Todo junto y en simultáneo. Se mueven en el seno de esa dominación las intenciones más perversas tanto como las ingenuidades más asombrosas. Y es verdad que no todo está milimétricamente calculado cuando se imponen los gustos más rentables, y que hay un grado de apuesta que la burguesía asume como riesgo a la hora de invertir en gustos nuevos para millones de consumidores. No olvidemos que en la producción de gustos oligarcas la masificación es indispensable porque es vital para el negocio. Y eso ha generado sus gustos particulares y sus cánones ideológicos que norman, por ejemplo, la lógica, la ética y la estética mercenaria de los publicistas. Excepciones salvadas.

Es un imperativo de nuestro tiempo desarrollar corrientes científicas especializadas en la crítica y la revolución de los gustos. Mientras el acriticismo cuente con la justificación y la envoltura de los gustos para esconder y para eludir todo análisis –y transformación– serio, tenderemos a hundir buena parte de nuestros problemas en los pantanos del subjetivismo y el relativismo placentero más inmovilizantes. La justificación «porque me gusta» no siempre es la mejor en sinnúmero de casos.

También es verdad que existe una zona de los gustos (la más promisoria, sin duda) que, bajo ciertas condiciones especiales, logra escapar al imperio ideológico burgués (como en el caso, no exclusivo, de algunas experiencias artísticas), y está claro que se trata de episodios no ordinarios. Pero no hay peor enemigo del arte emancipador que el capitalismo. La complejidad de la estética en los seres humanos admite –en sus expresiones menos contaminadas– un ejercicio de emancipación o de libertad que tiene deparadas muchas promesas a la revolución social que terminará con el capitalismo en lo objetivo y en lo subjetivo. Pero no esperaremos a la muerte del capitalismo para insistir en la necesidad de la educación del gusto (su reeducación) y eso requiere de riqueza de conocimientos y experiencias, diversidad, amplitud y hondura con moral y ética del placer, no basadas en someter a los seres humanos.

Reeducación, que es trabajo especializado que reclama su espacio en los frentes de lucha (de la praxis), porque es ahí, mejor que en cualquier otro lugar, donde lo que nos gusta logrará sintetizarse con lo que necesitamos, y logrará transformarse para dejar de ser –el gusto– un embriagante placentero para convertirse en una fuerza emancipadora. Esa es la escuela de la lucha y así son las alquimias de la revolución.