Exfiscales federales republicanos nombrados por #Trump dicen que votarán por #Biden

RHC

Un grupo de exfiscales federales nombrados por los republicanos respalda al demócrata Joe Biden y considera a Donald Trump una “amenaza al Estado de derecho”.

Un grupo de 20 antiguos fiscales y personalidades del Partido Republicano, entre ellos, el que fuera director del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) William Webster, suscribieron el martes una carta en la que expresaron su “más fuerte respaldo” a Biden, ya que consideran que es capaz de “liderar” una “justicia imparcial” que aborde los actuales problemas sociales de Estados Unidos.

Los signatarios del texto aseguraron que votarán por Biden y la candidata a la vicepresidencia, Kamala Harris, en las elecciones previstas para el 3 de noviembre.

El escrito, del mismo modo, alerta de la “amenaza para el Estado de derecho” que supone el presidente republicano, Donald Trump, acusándole de esperar que los abogados del Departamento de Justicia “sirvan a sus intereses personales y políticos”.

Gregory Brower, exsubdirector de la oficina de asuntos legislativos del FBI bajo la Administración de Trump, que también suscribió el texto, dijo en declaraciones al diario local The Washington Post (WP) que el inquilino de la Casa Blanca “ve al Departamento de Justicia y al FBI como su propia firma de abogados y agencia de investigación personal”.

La carta en cuestión es el último de la serie de respaldos que han estado expresando los republicanos a Biden. De hecho, Trump está perdiendo votos de sus correligionarios, además de que varios republicanos han hecho sonar las alarmas, alertando que el partido puede perder la Casa Blanca y las dos Cámaras, a la vez.

Los últimos sondeos no descartan la posibilidad de que Trump pierda las elecciones del próximo noviembre, a raíz de las recientes protestas, reprimidas por la Policía, y las medidas contra el nuevo coronavirus, causante de la COVID-19, así como los problemas económicos del país.

Difundida el martes, una encuesta de Yahoo News/YouGov establece un margen de 12 puntos de ventaja para Biden ante Trump (57 % frente a 40 %).

Incluso, el senador republicano por el estado de Carolina del Sur, Lindsey Graham, estrecho aliado de Trump, reconoció a mediados de octubre “el buen chance” de Biden en los comicios.

Ciudadanos contra Donald Trump ¿Cuál será el veredicto?

hispantv

#EEUU #Trump

https://www.hispantv.com/noticias/ee-uu-/479012/elecciones-trump-coronavirus

A pocos días de las elecciones generales estadounidenses, una especie de corte popular le ha iniciado un juicio público a Donald Trump.

Entre teorías de conspiración, paranoias, entrevistas sin coherencia y cientos de tweets después, Trump anunció su milagrosa recuperación de COVID-19. Pero no todos celebran.                 

En el foro público, lo que anteriormente consistía en crítica esporádica a las acciones del presidente se ha convertido, en la actualidad, en una especie de corte social, en donde los ciudadanos y sus representantes someten a sus líderes a juicio. El veredicto aquí depende de un costo humano elevadísimo e innecesario.      

Durante esta conferencia a los medios, algunos representantes legislativos manifiestan preocupación por la dirección de los eventos y cómo el actual ocupante de la Casa Blanca ha fallado catastróficamente en su labor de proteger a los ciudadanos.         

Más de 212 000 víctimas y contando hasta el cierre de edición de este reportaje y ya casi llegando a los 8 millones de contagiados en Estados Unidos.

No hay forma de justifica la incapacidad de la actual administración para controlar la crisis. Pero más allá de ello, la sociedad estadounidense parece retroceder en términos de civilidad, a resultas de las mentiras de su liderazgo.             

Marcelo Sánchez, Miami.

Ted Cruz afirmó que nunca conoció a un Proud Boy . Pero eso no es cierto


El senador Ted Cruz se toma una foto con el presidente de Proud Boys, Enrique Tarrio, en una fiesta de Turning Point USA organizada durante la CPAC 2019

El senador Ted Cruz se toma una foto con el presidente de Proud Boys, Enrique Tarrio, en una fiesta de Turning Point USA organizada durante la CPAC 2019 (Captura de pantalla / Facebook).

Pero Cruz se equivoca. En una fiesta de Turning Point USA durante la Conferencia de Acción Política Conservadora de 2019, Cruz fue fotografiada con el actual líder del grupo, Enrique Tarrio, según muestran imágenes subidas a las redes sociales.  

En una entrevista telefónica el miércoles, Tarrio le dijo a Right Wing Watch que se reunió con Cruz en la fiesta y le habló brevemente sobre su deseo de ver una acción del gobierno contra los activistas antifascistas.

En julio de 2019, los senadores republicanos Cruz y Bill Cassidy de Louisiana presentaron una resolución en el Senado de los Estados Unidos en la que pedían que los activistas antifascistas fueran designados como terroristas nacionales.

			

Ted Cruz Claimed He’s Never Met a Proud Boy. That’s Not True

(Any doubt that the Cuban American mafia is fascist and Liar?)


Sen. Ted Cruz takes a photo with Proud Boys chairman Enrique Tarrio at a Turning Point USA party hosted during CPAC 2019. (Screenshot / Facebook)

But Cruz is wrong. At a Turning Point USA party during 2019’s Conservative Political Action Conference, Cruz was photographed with the group’s current leader Enrique Tarrio, images uploaded to social media show. In a phone interview on Wednesday, Tarrio told Right Wing Watch that he met Cruz at the party and spoke to him briefly about his desire to see government action against anti-fascist activists.

In July 2019, Republican Sens. Cruz and Bill Cassidy of Louisiana introduced a nonbinding resolution in the U.S. Senate calling for anti-fascist activists to be designated domestic terrorists. The resolution was referred to the Senate Judiciary Committee, and never saw a floor vote.

‘Trump podría arrancar una guerra si pierde las elecciones’

(Este Loco va a conducir a ese país hacia Guerra, peor que la existente en estos momentos)

hispantv

El presidente de EE.UU. hará cualquier cosa para lograr su reelección, incluso “desatar una guerra” o “manipular las papeletas”, advierte su exabogado.

“Donald Trump hará todo lo que sea necesario para ganar (las elecciones presidenciales del 3 de noviembre). Y creo que eso incluye manipular las papeletas”, alertó el viernes Michael Cohen, exabogado del inquilino de la Casa Blanca, en una entrevista con la cadena local NBC News.

Cohen, de igual modo, dijo que el mandatario norteamericano podría, incluso, “ir tan lejos como iniciar una guerra para evitar ser destituido de su cargo”.

En el mismo contexto, el antiguo abogado de Trump explicó que su “mayor temor es que no haya una transición pacífica del poder en 2020”.

Cohen admitió en enero de 2019 que, a principios de 2015, le pagó al jefe de una pequeña compañía tecnológica para que hiciera un programa que le diese muchos votos a Trump.

Ya en agosto de 2018, Cohen se había declarado culpable de varios cargos, entre ellos financiación ilícita de campaña para influir en la elección de Trump. El exabogado comenzó el año pasado a cumplir una sentencia de prisión de tres años, si bien fue puesto en libertad en julio para cumplir el resto de su condena en casa.

En una comparecencia en febrero de 2019 ante la Cámara de Representantes, el exabogado de Trump subrayó “las mentiras, racismo y trampa” del presidente durante el tiempo que trabajó para él.

Las renovadas advertencias de Cohen acerca de la reacción de Trump ante los resultados electorales, se producen mientras el propio presidente estadounidense ha esbozado la posibilidad de no reconocer los resultados en caso de no ser elegido

Por su parte, varios expertos han planteado la posibilidad de que el mandatario decida negar la legitimidad del proceso electoral de EE.UU. y decline abandonar su puesto hasta que los comicios se repitan, si no gana los comicios ante su rival demócrata Joe Biden.

Trump dice que no será “estúpido” para ceder el poder pacíficamente

hispantv

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha afirmado que no quiere ser “estúpido” y entregar pacíficamente su cargo en caso de perder las elecciones.

En declaraciones pronunciadas el viernes por la noche en un mitin en la ciudad de Newport News, en Virginia, el inquilino de la Casa Blanca volvió a decir que no perderá las próximas presidenciales de noviembre a menos que sus opositores hagan trampas.

La única manera de que perdamos es si hay travesuras. Travesuras, y tendrán que ser a gran escala. Así que, tened cuidado. Queremos una transición muy amistosa, pero no queremos que nos engañen y ser estúpidos y digan: ‘oh, hagamos la transición’”, recalcó.

Tras advertir de que no va a tolerar trampas, Trump señaló que solo votando por él se puede salvar al país.

Trump Secretly Mocks His Christian Supporters

Former aides say that in private, the president has spoken with cynicism and contempt about believers.

(Some of his expressions regarding religious people: “They’re all hustlers”, the pastor was “full of shit”).

One day in 2015, Donald Trump beckoned Michael Cohen, his longtime confidant and personal attorney, into his office. Trump was brandishing a printout of an article about an Atlanta-based megachurch pastor trying to raise $60 million from his flock to buy a private jet. Trump knew the preacher personally—Creflo Dollar had been among a group of evangelical figures who visited him in 2011 while he was first exploring a presidential bid. During the meeting, Trump had reverently bowed his head in prayer while the pastors laid hands on him. Now he was gleefully reciting the impious details of Dollar’s quest for a Gulfstream G650.

Trump seemed delighted by the “scam,” Cohen recalled to me, and eager to highlight that the pastor was “full of shit.”

“They’re all hustlers,” Trump said.

The president’s alliance with religious conservatives has long been premised on the contention that he takes them seriously, while Democrats hold them in disdain. In speeches and interviews, Trump routinely lavishes praise on conservative Christians, casting himself as their champion. “My administration will never stop fighting for Americans of faith,” he declared at a rally for evangelicals earlier this year. It’s a message his campaign will seek to amplify in the coming weeks as Republicans work to confirm Amy Coney Barrett—a devout, conservative Catholic—to the Supreme Court.

But in private, many of Trump’s comments about religion are marked by cynicism and contempt, according to people who have worked for him. Former aides told me they’ve heard Trump ridicule conservative religious leaders, dismiss various faith groups with cartoonish stereotypes, and deride certain rites and doctrines held sacred by many of the Americans who constitute his base.

Reached for comment, a White House spokesman said that “people of faith know that President Trump is a champion for religious liberty and the sanctity of life, and he has taken strong actions to support them and protect their freedom to worship. The president is also well known for joking and his terrific sense of humor, which he shares with people of all faiths.”

From the outset of his brief political career, Trump has viewed right-wing evangelical leaders as a kind of special-interest group to be schmoozed, conned, or bought off, former aides told me. Though he faced Republican primary opponents in 2016 with deeper religious roots—Ted Cruz, Mike Huckabee—Trump was confident that his wealth and celebrity would attract high-profile Christian surrogates to vouch for him.

“His view was ‘I’ve been talking to these people for years; I’ve let them stay at my hotels—they’re gonna endorse me. I played the game,’” said a former campaign adviser to Trump, who, like others quoted in this story, spoke on the condition of anonymity to describe private conversations.

It helped that Trump seemed to feel a kinship with prosperity preachers—often evincing a game-recognizes-game appreciation for their hustle. The former campaign adviser recalled showing his boss a YouTube video of the Israeli televangelist Benny Hinn performing “faith healings,” while Trump laughed at the spectacle and muttered, “Man, that’s some racket.” On another occasion, the adviser told me, Trump expressed awe at Joel Osteen’s media empire—particularly the viewership of his televised sermons.

In Cohen’s recent memoir, Disloyal, he recounts Trump returning from his 2011 meeting with the pastors who laid hands on him and sneering, “Can you believe that bullshit?” But if Trump found their rituals ridiculous, he followed their moneymaking ventures closely. “He was completely familiar with the business dealings of the leadership in many prosperity-gospel churches,” the adviser told me.

The conservative Christian elites Trump surrounds himself with have always been more clear-eyed about his lack of religiosity than they’ve publicly let on. In a September 2016 meeting with about a dozen influential figures on the religious right—including the talk-radio host Eric Metaxas, the Dallas megachurch pastor Robert Jeffress, and the theologian Wayne Grudem—the then-candidate was blunt about his relationship to Christianity. In a recording of the meeting obtained by The Atlantic, the candidate can be heard shrugging off his scriptural ignorance (“I don’t know the Bible as well as some of the other people”) and joking about his inexperience with prayer (“The first time I met [Mike Pence], he said, ‘Will you bow your head and pray?’ and I said, ‘Excuse me?’ I’m not used to it.”) At one point in the meeting, Trump interrupted a discussion about religious freedom to complain about Senator Ben Sasse of Nebraska and brag about the taunting nickname he’d devised for him. “I call him Little Ben Sasse,” Trump said. “I have to do it, I’m sorry. That’s when my religion always deserts me.”

And yet, by the end of the meeting—much of which was spent discussing the urgency of preventing trans women from using women’s restrooms—the candidate had the group eating out of his hand. “I’m not voting for Trump to be the teacher of my third grader’s Sunday-school class. That’s not what he’s running for,” Jeffress said in the meeting, adding, “I believe it is imperative … that we do everything we can to turn people out.”

The Faustian nature of the religious right’s bargain with Trump has not always been quite so apparent to rank-and-file believers. According to the Pew Research Center, white evangelicals are more than twice as likely as the average American to say that the president is a religious man. Some conservative pastors have described him as a “baby Christian,” and insist that he’s accepted Jesus Christ as his savior.

To those who have known and worked with Trump closely, the notion that he might have a secret spiritual side is laughable. “I always assumed he was an atheist,” Barbara Res, a former executive at the Trump Organization, told me. “He’s not a religious guy,” A. J. Delgado, who worked on his 2016 campaign, told me. “Whenever I see a picture of him standing in a group of pastors, all of their hands on him, I see a thought bubble [with] the words ‘What suckers,’” Mary Trump, the president’s niece, told me.

Greg Thornbury, a former president of the evangelical King’s College, who was courted by the campaign in 2016, told me that even those who acknowledge Trump’s lack of personal piety are convinced that he holds their faith in high esteem. “I don’t think for a moment that they would believe he’s cynical about them,” Thornbury said.

Trump’s public appeals to Jewish voters have been similarly discordant with his private comments. Last week, The Washington Post reported that after calls with Jewish lawmakers, the president has said that Jews “are only in it for themselves.” And while he is quick to tout his daughter Ivanka’s conversion to Judaism when he’s speaking to Jewish audiences, he is sometimes less effusive in private. Cohen told me that once, years ago, he was with Trump when his wife, Melania, informed him that their son was at a playdate with a Jewish girl from his school. “Great,” Trump said to Cohen, who is Jewish. “I’m going to lose another one of my kids to your people.”

One religious group that the Trump campaign is keenly fixated on this year is Mormons. In 2016, members of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints rejected the Republican ticket in unprecedented numbers. To win them over in 2020, the campaign has made Donald Trump Jr. its envoy, sending him to campaign in Utah and other Mormon-heavy states. The president’s son has cultivated relationships with high-profile conservatives in the faith. Earlier this year, he invoked Mormon pioneers in a call with reporters to describe his father’s “innovative spirit.”  

In fact, according to two senior Utah Republicans with knowledge of the situation, Don Jr. has been so savvy in courting Latter-day Saints—expressing interest in the Church’s history, reading from the Book of Mormon—that he’s left some influential Republicans in the state with the impression that he may want to convert. (A spokesman for Don Jr. did not respond to a request for comment.)

I’ve been curious about the president’s opinion of Mormonism ever since I interviewed him in 2014 at Mar-a-Lago. During our conversation, Trump began to strenuously argue that Mitt Romney’s exotic faith had cost him the 2012 election. When I interrupted to inform him that I’m also a Mormon, he quickly changed tack—extolling my Church’s many virtues, and then switching subjects. (He remained committed to his theory about 2012: During his September 2016 meeting with evangelical leaders, Trump repeatedly asserted that “Christians” didn’t turn out for Romney “because of the Mormon thing.”) I’ve always wondered what Trump might have said if I hadn’t cut him off.

When I shared this story with Cohen, he laughed. Trump, he said, frequently made fun of Romney’s faith in private—and was especially vicious when he learned about the religious undergarments worn by many Latter-day Saints. “Oh my god,” Cohen said. “How many times did he bring up Mitt Romney and the undergarments …”

We want to hear what you think about this article. Submit a letter to the editor or write to letters@theatlantic.com.

MCKAY COPPINS is a staff writer at The Atlantic and the author of The Wilderness, a book about the battle over the future of the Republican Party.

Donald Trump, el líder de la ruptura y la división

Para el Dr. Abelardo Rodríguez Sumano, es posible que Trump descarrile y desacredite el proceso electoral para crear una crisis constitucional que lo pudiera dejar en la Casa Blanca. El Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana y Aristegui Noticias realizan este monitoreo rumbo a las elecciones presidenciales.

Aristeguinoticias

Al parecer, Estados Unidos está a punto de experimentar una de sus más grandes tragedias a lo largo de su historia.

El peor augurio ha llegado: el anuncio de un enfrentamiento mayor en la cúspide del poder político que avanza por todo el entramado de la República, los tres poderes de la Unión, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y es probable que se eclipse entre la población en un gran conflicto postelectoral.

Cada vez es más claro, más profundo el camino que ha decidido tomar el presidente Trump de cara a la elección presidencial del 3 de noviembre próximo. Anunciar que “no aceptará una transferencia pacífica del poder” a través del descarrilamiento del proceso electoral, independientemente de que pierda o gane la elección, es una afrenta a la democracia hegemónica de ese país. La misión de Trump es librar una pelea feroz en contra de los fantasmas del “fraude y la corrupción”: el voto, el servicio postal, la lista de electores, el conteo, la supresión de votos, o el sufragio de gente que ya falleció.

La paradoja de la arenga de Trump es que las tropelías del sistema electoral al que se refiere, sí han ocurrido en la historia reciente de su país; la democracia estadounidense no es “modélica”. También cuenta con una historia de trampas y actividades antidemocráticas que a veces benefician a los republicanos y otras a los demócratas. Lo anterior lo documento en mayor detalle en mi libro La Dinastía Bush y el nuevo siglo norteamericano (Nuevo Siglo Aguilar, 2003). Greg Palast ha documentado esas fallas estructurales con mucha mayor profundidad y sin rubor y ha formulado una crítica mordaz a republicanos y demócratas por años. Un ejemplo palpable de ese proceso fue la elección del 2000 cuando se vieron beneficiados los republicanos con George W. Bush a la cabeza.

El contexto es de miedo

Las elecciones se están desarrollando bajo condiciones adversas para todo mundo. Por si todo lo anterior fuera poca cosa, Estados Unidos es el epicentro de las defunciones por el Covid-19 con 201 mil 604 casos y 6 millones 910 mil 082 infecciones, seguido de la India con 139 mil 808 y 5 millones 903 mil 932, y Brasil con 93 mil 397 y 4 millones 657 mil 702 infecciones.1 La tragedia que experimenta la humanidad es global, algo no visto por lo menos desde 1918. Además, en el siglo XXI, la pandemia ha desbaratado los sistemas de salud del mundo y el estadounidense no es la excepción.

Ciertamente, la presencia del coronavirus descarriló las pretensiones de reelección de Trump. En su desesperación, el presidente lanzó una guerra comercial, racial e ideológica contra China y se ha volcado con mucha mayor fuerza contra la prensa y en contra de los demócratas, en una faena electoral por la descalificación de todo lo que suene a adversario. Justamente, el freno a la movilidad humana y la sana distancia para evitar conglomeraciones está orientado a la población para ir a votar vía el servicio postal. Trump ha dicho repetidamente: “todos sabemos que es un desastre” el sistema electoral estadounidense. Aunque ese es el que lo llevó al poder.

Cambio climático

La Unión Americana está experimentando una combinación alarmante de elevación de mares, sequías, olas de calor, incendios y tormentas que en el 2020 familias enteras han perdido sus hogares, propiedades y sus expectativas de vida. Por ejemplo, en lo que va del año: 74 grandes incendios han quemado 3.7 millones de acres en 10 estados: Arizona (1), California (20), Colorado (2), Idaho (15), Montana (10), Nevada (2), Oregón (11), Utah (3), Washington (5) y Wyoming (3). Una verdadera tragedia humanitaria y ecológica.2

Mientras que la temporada de huracanes en 2020 comparte una medición récord con 1916 en términos del mayor número de sistemas que tocan la tierra en el mismo año. Huracanes como Laura en Luisiana el 27 de agosto del 2020 y Sally golpeando a Nueva Orleans, Mobile y Alabama. La situación anterior está obligando a la población a desplazarse, migrar y votar por correo.

La pandemia y el cambio climático están modificando el comportamiento de los votantes que se mueven en un contexto de alto riesgo. Sin embargo, en lugar de que Trump propicie el mejor desarrollo posible de la jornada, el Jefe de la Casa Blanca ya la ha colocado en la burbuja de la incertidumbre y el caos.

‘Los anarquistas’

A lo anterior, se suman las protestas más grandes de la historia reciente de ese país en contra de la violencia policiaca. Lamentablemente, se han precipitado por presuntos provocadores y se han incendiado ciudades y apedreado instalaciones gubernamentales. El presidente Trump ha llamado “delincuentes anarquistas” a los protestantes, obviando el uso excesivo de fuerza en contra de la población afroamericana.

Asimismo, la protesta ha avivado el movimiento paramilitar neonazi y en reacción ha incentivado el resurgimiento de lo que fue los Black Panters. Controversialmente, el escalamiento de la violencia en las calles y en el ánimo de las organizaciones es compatible con el pensamiento profundo de Trump, de los “otros”, los anarquistas, los enemigos de su causa. Caldo de cultivo para un enfrentamiento a un mayor en la base de la sociedad.

Buenos y malos

El contexto anterior está eclipsando la propia personalidad maniquea y perversa de Trump.

Para el presidente no hay medias tintas. O estás con él, o contra él; el mundo es uno de buenos contra malos; día y noche, no importa mentir, no importa dividir, ocultar, desdeñar, perseguir o combatir. Trump tiene una misión histórica —en sus propias palabras– bendecida por Dios, la segunda enmienda, el movimiento patriota, etcétera.

Para Trump el mundo debe seguirlo a ciegas; no admite los cuestionamientos o una presentación adversa de información. Trump se concibe como el salvador, como una especie de deidad: lo mejor que le ha pasado a Estados Unidos y a la humanidad. Por ello, combate lo mismo a las minorías, que a la prensa o a la disidencia política.

Desde ahí Trump no puede aceptar un voto de castigo, de inconformidad a su autoridad en la elección presidencial; ese es el dilema. Para Barton Gellman, en The Atlantic “The election That Could Break America”, una tesis central de su comportamiento presidencial es que no va a aceptar una posible derrota.3

Por el contrario, se ha montado por algo más perverso aún, desconocer el proceso electoral en marcha. Trump está desconociendo las reglas del amorfo juego democrático de su país, el voto, la votación, el servicio postal, el conteo, la credibilidad sobre la lista de electores, sobre los supervisores de ciudadanos que deberán vigilar el sistema y el voto de los ciudadanos que viven alrededor del mundo. Lo anterior ha descarrilado ya el proceso y ha puesto a temblar a propios y extraños, porque el presidente ya rompió con el mandato de los Padres Fundadores de su país: que es preservar la unión por encima del interés personal. Sobre la base de esa ruptura, Trump está anunciando un gran conflicto postelectoral, una crisis constitucional y la movilización a la violencia y la confrontación con tal de no dejar el poder, ¿se consumará?

La disyuntiva de la República

En caso de que Donald Trump lleve el desconocimiento de la elección presidencial a la Suprema Corte de Justicia, tendrá un espacio favorable para su causa tras la muerte de Ruth Bader Ginsburg al colocar a Amy Coney Barret. En la Suprema Corte, 6 de los 9 miembros serían conservadores. Efectivamente, la designación tiene que ser votada por el Senado de la República, empero cuenta con la mayoría (53-47) de republicanos para respaldar su propuesta. Mitch McConnell, líder del Partido Republicano, mencionó que no se sabe si esto sería antes o después de las elecciones. En cualquier caso, los dados están cargados a favor de Trump, no será nada fácil una vez que pasaría por ahí, lo cierto es que va marcando un escenario de posible caos.

El antecedente es brutal: el 7 de noviembre del año 2000 por la noche, Al Gore y George W. Bush alcanzaron un empate. Sin embargo, existían problemas de conteo en East Palm Beach, y en Miami-Dade, Florida razón por la cual Al Gore demandó un conteo manual en el estado y se aceptó. Para el momento que la Suprema Corte de Justicia de la nación, compuesta en su mayoría por republicanos recibió el litigio , la mayoría se inclinó por el no conteo de la elección. El empate se destrabó y ello le brindó 27 votos electorales para W. Bush y con ello, la presidencia de la República.

La enseñanza del año 2000 demuestra que hay un camino aprendido para Trump: si se eliminan votos en Estados Unidos, el conteo no se puede hacer correctamente. Y, al final, quien puede decidir es la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En el 2020, el escenario es distinto, pero ya ha operado en el pasado cuando ni el voto electoral ni el popular tienen la última palabra.

¿Qué más se juega en las elecciones del 3 de noviembre?

Serán también electos 13 gobernadores, 35 senadores y 435 representantes.

En la actualidad, el Partido Republicano controla la Presidencia, el Senado (53 versus 47) y las gubernaturas (26 versus 24), mientras que el Partido Demócrata controla la Cámara de Representantes, con una ventaja de 37 escaños. Al escenario postelectoral y bajo la hipótesis de mantener el poder Trump buscará tener mayoría en el Senado, en la Cámara de Representantes y una Suprema Corte de Justicia inclinada a su liderazgo, ya veremos cómo quedan las cosas.

Por lo pronto, hay una tendencia seria y que no debe descartarse. Es posible que Trump descarrile y desacredite el proceso electoral para crear una crisis constitucional que lo pudiera dejar en la Casa Blanca, ya se verá hasta dónde es capaz de conducir el sistema y cómo responde el resto de su país.

En septiembre del 2020, se vislumbra la violencia política y quizá paramilitar en el horizonte próximo que pudiera pronunciar la crisis de la superpotencia, el dolor para su gente y una nueva realidad geopolítica. No cabe duda que el alma de la Unión tiembla frente al presidente de la ruptura y la división.

Violencia oficial, papel de los militares, corrupción – La Latinoamericanización de EEUU.

American curios: Asombro

Un participante en las protestas de Black Lives Matter en Portland, Oregon, recibió ayer atención médica por el gas pimienta que le roció la policía. Foto AFP

Cubasi

Para todos quienes hemos vivido en América Latina, las coyunturas electorales frecuentemente incluían especulaciones sobre el despliegue de violencia oficial, el papel de los militares, golpes de Estado e injerencias extranjeras. Nada de esto estaba en el vocabulario estadunidense en torno a sus propias elecciones. Pero hoy día se puede anunciar que, en este sentido, Estados Unidos ya se latinoamericanizó.

No es que las elecciones en Estados Unidos hayan sido un ejemplo de pureza. Por supuesto, existe una larga tradición de maniobras ilegales, corrupción, una larga historia de supresión del voto y un sistema que no puede garantizar que cada voto cuente, ni que se cuentan todos los votos.

Desde 2016 en adelante también se ha estrenado el tema de la injerencia extranjera en el proceso electoral, provocando investigaciones por agencias de inteligencia, acusaciones contra actores foráneos y denuncias rimbombantes de la violación de esos sagrados principios de la soberanía y la autodeterminación al intervenir en el proceso democrático de una nación, con muy poca ironía al ignorar la historia de injerencia e intervención estadunidense en demasiadas elecciones del mundo.

Esta coyuntura electoral ya de por sí se realiza en un contexto sin precedente: en la crisis de salud pública más grave en un siglo, en la peor crisis económica desde la Gran Depresión y una crisis social con el estallido del movimiento de protesta más grande de la historia del país sobre el racismo sistémico y la violencia oficial.

Pero junto con ello, es una coyuntura electoral donde el mismo presidente está amenazando con detonar una crisis política tan severa que algunos advierten podría marcar el fin del llamado “experimento americano”.

Trump ha cuestionado el mero corazón del sistema político-electoral del país al declarar de manera abierta que no sólo no reconocerá los resultados de la elección el 3 de noviembre si él no gana, sino que tampoco está dispuesto a comprometerse a una transición pacífica del poder, y que él es el único defensor del país ante la amenaza del desorden en las calles promovido por la «izquierda radical» y los «socialistas» detrás de su contrincante demócrata Joe Biden. Nadie nunca ha dicho algo parecido.

Es en este contexto que de repente y por primera vez en Estados Unidos el debate político ahora incluye referencias a «golpe de Estado», «represión armada», fuerzas «paramilitares» ultraderechistas y la pregunta de ¿qué harán los militares?

El New York Times recién publicó un reportaje sobre la creciente preocupación en el Pentágono de que Trump colocará a los militares en medio de una crisis poselectoral citando a oficiales comentando que «altos generales podrían renunciar si Trump ordena desplegar las fuerzas armadas en las calles para reprimir protestas».

El jefe del Estado Mayor, general Mark A. Milley, respondió a preguntas de legisladores federales afirmando que las disputas electorales deben ser resueltas por tribunales y el Congreso, según la ley, y que la institución castrense es y debe ser «apolítica». Concluyó: «no anticipo ningún papel para las fuerzas armadas de Estados Unidos en este proceso». No sorprende su respuesta, pero el simple hecho de que se le haya hecho la pregunta, y que haya tenido que responder, ya es alarmante.

De hecho, cada día se informa de cómo más ex altos funcionarios, ex militares, gobernadores, ejecutivos y líderes sociales están alarmados ante la posibilidad de un escenario poselectoral explosivo.

Con cada ataque de Trump contra la credibilidad y las normas del proceso electoral, se nutre la alarma de que ésta es una elección existencial para este país. David Simon, creador de The Wire y Treme, entre otras exitosas series de televisión, tuiteó que las palabras del presidente de que no reconocerá resultados adversos para él indican que «nuestra republica está colapsando a nuestro alrededor. ¡Despierten, chingao!»

Tal vez lo único que puede evitar el peor escenario es una ola suficientemente masiva del voto a favor de la deportación de Trump del poder.

El momento es asombroso.

El NYT accede a los impuestos de Trump y revela grandes deudas durante años

Cubasi

El diario The New York Times informó este domingo de que accedió a las declaraciones de impuestos del presidente de EE.UU., Donald Trump, de las últimas dos décadas y reveló deudas que ya han vencido y tenían un valor de cientos de millones de dólares.

Desde su campaña electoral de 2016, Trump se ha negado a publicar sus declaraciones de impuestos, algo que han hecho todos sus antecesores a lo largo de la historia.

The New York Times reveló que Trump pagó solo 750 dólares en impuestos federales en 2016, cuando ganó las elecciones, y en su primer año en la Casa Blanca desembolsó la misma cantidad de 750 dólares, que es muy pequeña comparada con la fortuna que se cree que ha amasado el magnate en sus negocios inmobiliarios.

El mandatario supuestamente tampoco ha pagado ningún tipo de impuesto por ingresos en 10 de los últimos 15 años debido a que informó al Servicio de Recaudación de Impuestos (IRS, en inglés), la Hacienda de EE.UU., de que había perdido mucho del dinero que había ingresado.

Actualmente, según el diario, las finanzas de Trump están bajo presión debido a que pesan sobre él cientos de millones de dólares de deuda que han vencido y que él había garantizado que pagaría personalmente.

El presidente también tiene pendiente desde hace una década una batalla con el IRS, que ha cuestionado la legitimidad de un reembolso de 72,9 millones de dólares que Trump reclamó a esa institución después de haber declarado enormes pérdidas.

Un fallo adverso en ese litigio podría costarle más de 100 millones de dólares, según The New York Times.

En respuesta a las averiguaciones del diario, uno de los abogados de la Organización Trump, Alan Garten, dijo que «la mayoría, si no todos, los hechos parecen ser inexactos» y reclamó a The New York Times la entrega de los documentos en los que se basa el artículo, algo a lo que se negó el diario.

Los demócratas en el Congreso han intentando obligar a Trump a hacer públicos sus impuestos, pero no han tenido éxito.

Además, la fiscalía de Manhattan ha reclamado las declaraciones de impuestos de Trump a la firma de contabilidad con la que trabajó, llamada Mazars, como parte de una investigación sobre si los pagos de dinero en secreto de la campaña del ahora presidente a la actriz porno Stormy Daniels violaron la legislación del estado de Nueva York.

En ese caso, Trump también se ha negado a hacer públicos sus impuestos.